Mañana en Pamplona

Conferencia en Pamplona

No diré más. Bueno, sí, pero será mañana por la tarde.

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Homenaje

 

Publicado hoy, en mi columna de El Mundo del País Vasco

arraiz

Una tira de Mafalda mostraba a Miguelito diciéndole a su amiga que cuando la maestra le preguntaba algo no era porque ella no lo supiera, a lo que ella respondía: “¿recién te diste cuenta de eso, papafrita? Algo parecido les pasaba a las almas cándidas del PNV, esos amables papafritas, con respecto al presidente de Sortu, que cuando hace una pregunta parlamentaria al lehendakari, no es porque quiera una respuesta de Urkullu, sino para marcarse un mitin.

Hasier Arraiz estaba viviendo sus últimas horas como parlamentario, tras haber sido condenado a dos años por el TSJ. Él, como ya habían hecho antes otros 52 dirigentes abertzales en distintos sumarios, aceptó que había formado parte de la banda, y asumió la condena, que lo inhabilita, pero le permite librarse de la cárcel.

Hasier Arraiz había registrado una pregunta a Urkullu sobre las “medidas puestas en marcha por el lehendakari para hacer frente a las medidas recentralidoras del Estado”, pero enseguida dejó claro que era un mero pretexto. La presidenta de la cámara que es una rígida reglamentista cuando conviene, permitió que se explayara a gusto. Y lo hizo: para decir que ellos, los que han sido injustamente juzgados son los que han traído la paz y la convivencia y, con una extraordinaria paráfrasis admitió que “llegamos a deshumanizar al adversario, sus derechos humanos dejaron de ser imprescindibles y así nos deshumanizamos nosotros mismos. Les llegamos a quitar la categoría de personas”. Y la de seres vivos, prenda. Habida cuenta que Arraiz había declarado voluntariamente su pertenencia a la banda en aquella época, podría haber dicho sencillamente: “los matábamos”.

Se fue saludando. A la Mesa, salvo al popular Damborenea que se negó a darle la mano; a Egibar, que le dio un abrazo y a la secretaria general del PSE, que le ofreció la mano y él se tomó hasta el codo, dándole un par de besos.

El besuqueo es una actividad que goza de mucho predicamento. Yo vi en un telediario a la ministra de Empleo dando un par de besos al diputado de Amaiur Sabino Cuadra. Es el signo de los tiempos. Arraiz habría dado besos a todo quisque, incluso a Borja Sémper, a quien llamó ‘fascista’ desde su escaño, sin que Bakartxo Tejería se viera obligada a adoptar ninguna medida disciplinaria. A ver si en el Parlamento vasco se va a discutir la libertad de expresión. Y Arraiz se fue con el puño alto, entre los aplausos de los suyos, después de saludar al lehendakari, que le deseó todo lo mejor en una respuesta, no a la pregunta que no le había formulado, sino al adiós sentimental del jefe de Sortu.

A ver si me explico. Ayer, un tipo que ha reconocido a la justicia haber pertenecido a la banda ETA, se va en loor de multitud de un parlamento que había dimitido de sí mismo. Eso es el blanqueo del terrorismo, el que le aplican las instituciones.

Ayer a mediodía, medio centenar de ex presos presentaron en Bilbao una plataforma crítica con gente como el presidente de Sortu y su secretario general. No hablan de volver al terrorismo, les basta con denunciar el entreguismo de la actual dirección, ese par de Otegi y Arraiz, que queda impecablemente blanqueado para cuando nos expliquen esto en los programas de La Sexta.

 

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Un disparo en el Savoy

Premiom Alvite

Gracias a Arturo Maneiro por sus amables palabras. Subraya como mérito haber venido a esta entrega del I Premio de Columnismo en un viaje complicado, porque es verdad, que antes, cuando Santiago tenía un aeropuerto pequeño se podía venir en vuelo directo desde de Bilbao y ahora, con un aeropuerto tan grande, hay que hacer escalas. En todo caso no es para tanto en Euskadi. El primer lehendakari de nuestra historia milenaria, José Antonio Aguirre, dejó escritas unas memorias que tituló ‘De Guernica a Nueva York pasando por Berlín’, que lleva implícito un concepto novedoso de la línea recta.

Quiero agradecer de todo corazón a la Asociación de Periodistas de Galicia en general, y a Arturo Maneiro y María Méndez en particular por haberme hecho una oferta de esas que no se pueden rechazar,  al invitarme a participar en esta entrega del I Premio José Luis Alvite de Columnismo. Conocí en persona a José Luis en Santiago, esta su ciudad, pocos días después de aquellas elecciones que perdió José Luis Rodríguez Zapatero sin necesidad de concurrir siquiera. Era el 25 de noviembre de 2011 en un congreso organizado por la Asociación de Periodistas de Galicia al que me había invitado Arturo Maneiro.

 Lo seguía desde que me encontré sus columnas en Diario 16 y me sentí fascinado por su desafío a las reglas del oficio. En ese diario y después en La Razón fue dejando día tras día la huella de un talento extraordinario con imágenes desbocadas y personajes atrabiliarios con los que poblaba paisajes inexistentes, como el mítico Savoy, lugar de hampones que él había elegido como protagonistas de unos relatos profundamente morales. El alma de Alvite anidaba en las oquedades que sirven de refugio a perdedores inevitables, a seres humanos que vienen ya de serie con el fracaso estampado en la frente a modo de estigma o marca de fábrica.

Sin embargo, esa vocación de perdedor, sus apologías del fracaso no tienen tanto que ver con sus circunstancias personales, como con su voluntad y su carácter. Nieto, hijo y sobrino de periodistas, -su padre y su tío tienen calle a su nombre en esta su ciudad: la Rua dos Irmans Rey-Alvite-, dejó caer la primera parte de su apellido, quizá para ejercer su oficio sin el peso de la tradición. Durante 33 años compartió el columnismo con el oficio menestral de cajero en Caixa Galicia, que ejerció entre 1976 y 2009, año en que se prejubiló.

El caso es que yo conocí personalmente a José Luis Alvite el día que les digo, 25 de noviembre de 2011. Aquella noche, antes incluso de sentarnos a la mesa en la que íbamos a cenar, me hizo una confesión que me resultó sorprendente. Los vascos incluso los que somos de Burgos, o si somos de Burgos con más motivo, no somos muy dados a confesar intimidades. Por eso me chocó que contara sin provocación previa por mi parte, que él había gozado tiempo atrás de mucha privanza en un prostíbulo de justa fama en los alrededores de Santiago. Tanta, que tenía allí batín y zapatillas, imaginé que bordadas con sus iniciales.

Me pareció una sugerente manera de romper el hielo. “Es una forma razonable de ser alguien”, pensé a continuación. Llegado el caso, y si aún quedaran en nuestras ciudades burdeles como los de antaño, a mí me gustaría tener en propiedad batín y zapatillas en una de aquellas manflas acogedoras, confortables y hasta cierto punto maternales que yo, lástima, no llegué a conocer más que por referencias literarias, mayormente la literatura española de posguerra y los bulines de Lima que retrata Vargas Llosa a través de la mirada vicaria de Zavalita en ‘Conversación en la Catedral’.

Váyase mi falta de experiencia por lo sobrado que siempre he estado de vocación, pero debo confesar que mi fascinación por las putas tiene mucho de literaria y aún más de cinematográfica. Esas coimas compasivas y amables que acogían, como Concha Velasco al pobre José Sacristán, en la cocina del burdel de ‘La Colmena’ , para que se calentara las manos y cenara un tazón de sopa. Había solidaridad y actitudes generosas y no se conocían entonces barreras nacionales ni geográficas.

“Y a ésa, ¿por qué le llaman ‘la uruguaya’?” preguntaba el estudiante Martín, para que el personaje de Concha Velasco, Purita, le expusiera algunos rudimentos geográficos inapelables: “Toma, porque es de Buenos Aires”. 

Mi vida sentimental es deudora de muchas putas de buenos sentimientos: ‘Irma la Dulce’ en la película del mismo nombre, Kim Novak, como Polly la Bomba en ‘Bésame, tonto’; Simone Signoret, inolvidable Casque d’or, de Jacques Becker, que aquí se tituló absurdamente ‘París, bajos fondos’; la infantil Jodie Foster de Taxi Driver; Kim Basinger, que se disfrazaba de Veronica Lake para puteros mitómanos, con lo bien que estaba haciendo de sí misma; la conmovedora Anna Magnani de ‘Mamma Roma’, la rabiza melancólica Holy Golightly de ‘Desayuno en Tiffany’s’, Jane Fonda en ‘Klute’, Julia Roberts como ‘Pretty woman’ y la extraordinaria puta buena y algo tonta que interpreta Mira Sorvino en ‘Poderosa Afrodita’.

No lean estas palabras como un exhibicionismo virtuoso, sino como una sublimación de mi envidia, aunque una vez superada ésta di en pensar que la anécdota era muy reveladora del estilo de José Luis Alvite, el más personal de los columnistas españoles y yo diría que del mundo, porque su manera de hacer, eso que hemos convenido en llamar el estilo, son difícilmente repetibles. 

Hay un punto de subversión en una casa de putas retratada como un verdadero hogar, con su salita de estar, sillón de orejas para un parroquiano de confianza, la batita y las zapatillas y un brasero en torno al cual sostener interesantes tertulias sobre esto y aquello. Ese es el toque surrealista que el conde de Lautréamont describió en sus ‘Cantos de Maldoror’. A mí, la lectura de Alvite me ha evocado no pocas veces su frase fundacional del irracionalismo surrealista: “bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”, expresión que cuadra de manera magistral a sus asombrosas yuxtaposiciones y que se sirve como mesa de disección de un humor negro zahíno, negrísimo, hasta unos extremos en los que linda con el psicoanálisis.

Aún estoy bajo la impresión de la confesión de Jimmy Morante en una de las crónicas del Savoy: “Me lavo cada mañana la cara a oscuras con un puñado de agua ciega. En una tienda de lámparas yo solo querría ser una bombilla fundida. He procurado ir por la vida sin hacer ruido, caminando al tacto, llevando en las plantas de los pies las palmas de las manos. Una vez maté a un hombre porque quería saber qué se siente al abrazar a un niño huérfano”.

Nunca lo comenté con él, pero cada vez que he impartido un seminario sobre la columna de opinión, en algún master o en la Universidad o en una charla a periodistas en agraz, siempre hago un apartado para expresar mi admiración por la prosa de este hombre, que ha conseguido convertirse en un columnista de referencia de la prensa española a base de ignorar todas las convenciones del oficio, tal como decía hace un momento. Después de haber practicado él columnismo d manera instintiva durante años me encontré un delicioso ensayo de Paul Johnson, El arte de escríbir columnas, que recogía mis intuiciones y las exponía con una gracia particular. Quienes no lo hayann leído deberían hacerlo. Es muy fácil encontrarlo gracias al buscador de Google

Explico a mis alumnos cuestiones básicas, a saber: que el columnismo es un oficio del periodismo y que, como él, debe estar sustentado en los hechos, y que el columnista debe embridar con mucho tiento dos caballos que pueden desbocársele: los adjetivos calificativos y su propio ego. Suelo ponerles ejemplos de estos excesos e ilustro los consejos que les doy con la lectura de algunos párrafos del ensayo de Johnson que les comento.

El columnismo, uno de los oficios ddel periodismo, recordémoslo, vive este asunto de manera interesante. Paul Johnson, del que hablaré enseguida lo escribía así: “Seamos nosotros mismos. Una columna impersonal es una contradicción, como un diario íntimo discreto. Para que la columna tenga éxito, el lector debe gustar de nosotros y para ello debe conocernos, así que mostremos la cara de cuando en cuando.

Pero la vanidad es el pecado capital del columnista. Por orden de gravedad le siguen la omnisciencia, el hermano menor de la vanidad. La actitud del sabiondo es insoportable. También lo es el énfasis excesivo en un conocimiento exclusivo. Nunca usemos frases como: “le pregunté al primer ministro” o “un miembro del Gobierno me comentó”. La personalidad del columnista debe estar presente pero no debe irrumpir abiertamente en el texto. Un buen columnista es un submarino que acecha bajo la superficie a su presa, el periscopio en alto, pero invisible.

En raras ocasiones se puede usar la columna para promover una causa personal, acudir al rescate de un amigo en apuros o evocar a alguien que conocimos y de otra manera dejaría de ser mencionado. Pero estos temas se deben abordar según sus méritos intrínsecos, nunca por su relación con uno mismo. 

Y esto me lleva al punto siguiente y más importante. No usar nunca nuestro poder de columnistas con fines personales. Sin duda el policía de tráfico se equivocó al detenernos por conducir de forma imprudente, y su lenguaje era inexcusable. Pero los lectores no quieren saber nada de ello. Tampoco les interesan los motivos por los cuales el municipio nos negó permiso para una renovación, ni nuestra pasmosa experiencia con British Airways, ni la impúdica conducta del inspector en el tren  de las 4:50 de Paddington a Oxford, ni el modo exasperante en que John Lewis/Peter Jones colocó la nueva moqueta en nuestra sala.

¿Problemas para reparar la lavadora? Olvidémoslos, todos lo tienen. Supongo que vale la pena mencionar un atraco grave. Pero nadie quiere enterarse de los detalles, salvo la Policía Local, que no tiene más remedio. Nuestra experiencia con la niebla, nuestra demora en el aeropuerto, la historia de cómo el corredor de seguros, la compañía de gas, la cajera de Safeways o el agente de Hacienda nos estafaron, cobraron de más, maltrataron o insultaron, nada de ello –insisto- tiene la menor importancia. Para eso están nuestros familiares, para escuchar nuestros problemas tal como nosotros escuchamos los suyos. (…)

El lector no tiene  nada que ver. Recordemos que él no nos hace un favor. Nos paga para entretenerse. (…) Seamos maduros: a nadie le importa qiue el columnista sea una celebridad menor –quizá muy menor- salvo a él mismo. Así que no escribamos sobre nuestro perro (salvo un par de veces al año), nuestros hijos (una vez) o nuestra esposa (nunca).”

Una vez expuesta esta razonable visión del columnismo, me veo obligado a exponer su negativo: el columnismo según José Luis Alvite. La prosa de Alvite está penetrada de la anarquía que informa su pensamiento, de una resistencia a la jerarquía que la lleva a un ordenamiento de palabras aparentemente casual. La primera vez que se lee a Alvite uno teme que repentinamente se venga al suelo un párrafo entero, vencido por la gravedad de las palabras y el equilibrio inestable en que el autor las ha dispuesto.

Nada más engañoso. Vean a título de ejemplo el apunte que nuestro escritor, nuestro héroe, diríamos en tiempos más dados a la palabra escrita y la lectura, dedicó a la entonces vicepresidenta del Gobierno: “Lo que las mujeres no soportan es la cesión de un ápice de su belleza cosmética en beneficio de acceder a la belleza sólida y tosca del hombre, que, por su parte, se apunta a la depilación y a las cremas hidratantes, asiste a los partos, se aparta de los vicios y se marea en los viajes. A mitad de camino se encuentra María Teresa Fernández de la Vega, que tiene una vacilante feminidad de mujer en cuya deshidratación van apareciendo, como marroquinería, los rasgos de Clint Eastwood”.

A las columnas de Alvite se les agolpan las metáforas hasta hacer temer al lector por la integridad del párrafo. Tengo comparada su lectura con la inquietud que producen los primeros pasos de un hijo, haciéndonos temer tropezón y descalabro. Contra todos los temores, el párrafo siempre le salía limpio y airoso, con la solidez y elegancia de una catedral gótica. La coherencia que hace de cada columna una fábula recta escrita con renglones torcidos es la sintaxis, que, como ya estableció Paul Valery, es una cuestión moral. 

De esa imaginería descabellada salen definiciones tan hermosas como precisas: “En España, la idea de la patria no es una razonada conquista de la inteligencia, sino el feliz resultado de un desarreglo hormonal”. O apuntes biográficos capaces de suspender la credibilidad del lector en aras de una crítica política y/o social, como esta recomendación paterna: “Hay dos maneras de estropear la letra, hijo, la masturbación y el periodismo, así que tú verás”. Optó por el periodismo, “que sobre la masturbación tenía antes la ventaja de que no había que bajarse los pantalones. Eran otros tiempos”.

Creo que nos caímos bien a pesar del poco tiempo que hablamos en persona, porque poco tiempo después me preguntó si estaba dispuesto a presentar su último libro, a lo que le dije, naturalmente, que sería un honor. 

‘Lilas en un prado negro’ es una obra del más genuino Alvite, en la que el espacio es determinante para los personajes que por él se mueven. Aquí se trata del psiquiátrico San Antón de Restende, un lugar deudor del opaco esplendor de los tiempos pasados, de cuando los hospitales psiquiátricos se llamaban manicomios y los clubes de alterne eran casas de putas o mancebías, exactamente igual que el mítico Savoy revive en su pluma los buenos viejos tiempos de la prohibición, con tipos como Jimmy Morante, Ernie Loquasto y sus amigos hampones, rodeados de fulanas en el bar del lobby.

Los escenarios de Alvite son lugares habitados por perdedores irremediables, como decía, en los que los perfiles de aquellos tipos están petrificados en un tiempo pasado y difuminados por el humo del tabaco, que era el flou de los artistas baratos, cuando aún no estaba prohibido fumar en interiores. Al asomarse a aquellos lugares, uno se asoma inevitablemente al alma de José Luis Alvite, a la que imagino como un cuartito de estar, con una mesa camilla, una cómoda antigua y un sillón de orejas, exactamente igual que el espacio de la Última en La Razón en el que publicaba cada día su columna.

Ese lugar es lo primero que yo visitaba cada día al levantarme, después de ponerme el batín y calzarme las zapatillas de paño, tan cálidas y confortables para leer sus columnas y admirar el raro prodigio de una prosa libre como la mano que la escribe, unas crónicas sin ataduras con los hechos que se cuentan en el resto del periódico, y que ni siquiera guardan una remota relación con la fecha que figura en la primera página. Sin embargo, al sentarme en el sillón de orejas y llevarme a la vista el primer párrafo ya me sentía preso de la columna hasta su última palabra y me admiraba de ser el afortunado huésped de uno de los más grandes columnistas españoles, tan a contrapelo de casi todo, a veces, incluso, tan en contra de sí mismo.

Al salir del funeral por Ernst Lubitsch, probablemente el mayor genio de la comedia en toda la historia del cine, su guionista y amigo Billy Wilder, clavó el epitafio cuando William Wyler, le dijo con pesadumbre: “Se acabó Lubitsch”. “Peor”, respondió Wilder. “Se acabaron las películas de Lubitsch”.

Algo así me pasa a mí cuando recuerdo a Alvite. Es algo peor que la pérdida de ese gran tipo que era José Luis, un hombre tan notable que se bastaba para dar carácter el sólo a la ciudad en la que creció y vivió.

Durante la presentación en Madrid de ‘Lilas en un prado negro’, dijo a los asistentes: “yo siempre pensé que a mi entierro sólo asistiría gente en el caso de que durante mi funeral alguien sortease mi viuda y mi coche. Y nada más, amigos míos. Gracias por haber venido. En el peor de los casos, puedo aseguraros que mi amistad no produce cáncer.”

Justo un año después le diagnosticaban cáncer de pulmón y colon. Se despidió ordenadamente del oficio y los lectores mediante carta a Carlos Herrera y se recluyó a esperar en la penumbra tan invocada en sus columnas, cortando cualquier contacto con todos, salvo muy esporádicamente, con Rocío González, su musa y vínculo ocasional con el mundo de las cosas prácticas. Era un buen hombre y un genio. Tenía al morir 65 años.

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Esta tarde en Santiago de Compostela

Alvite inv

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Ayer, presentación de ‘Lluvia de fango’

Entre Maite y Aramburu

Joseba Arregi es uno de los dos nacionalistas, (junto al ex lehendakari Ardanza), a quienes Maite invitó expresamente en nombre de su familia al tanatorio de su hermano.  Es seguramente el intelectual vasco que con más hondura y provecho ha reflexionado sobre el terrorismo y las víctimas, lo explicó con una observación inmejorable en un artículo de El Mundo: “Los nacionalistas, no es que quieran gobernar como si ETA no existiera, sino como si nunca hubiera existido”.

Todo lo contado han sido recuerdos de aquella época cruel que me han brotado después de leer, releer más bien, esta lluvia de fango en que Maite ha resumido artículos que cada dos semanas publicaba en la página web de ‘Basta Ya!’ y los que después escribía los lunes en El Correo y El Diario Vasco. Empiezan en 2003, poco después del asesinato de Joxeba y uno tras otro, seleccionados con muy buen criterio por el ojo clínico de Fabián, se va tejiendo el  relato de un tiempo desapacible, que es al mismo tiempo una crónica intimista, el viaje interior de una mujer más que notable, con una sensibilidad política extraordinaria y una capacidad de gestión que demostró sobradamente en la presidencia de la Fundación de Víctima del Terrorismo. Siempre trascendió las siglas del partido socialista en el que había militado tantos años, lo que la ha terminado convirtiendo en una persona inadecuada para ese partido y también para el otro, que la apartó injustificadamente del cargo que les digo para sustituirla por otra persona más afín.

Si hubiera que señalar un error en este admirable libro que trasciende con mucho la mera recopilación de artículos, yo diría que el título no le hace justicia, que es parcial. Porque es verdad que ha llovido fango en todos estos años, pero no sólo. También hemos recibido una lluvia purísima y purificadora que es la sangre de las víctimas. A mí me habría gustado más como título ‘Los diarios de Antígona’, aunque la acreditada modestia de Maite no haya podido titularlos así. Ella es la Antígona de todos y en tanto que tal, tiene una tarea todavía inconclusa porque tiene muchos Polinices aún sin enterrar.

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Mañana, jueves, en Madrid

Libro de Maite

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Brindis al sol

Equipo L'Hospitalet

 

Un campo de fútbol no es el sitio idóneo para presentar un equipo de Gobierno, aunque sea en la sombra. Podría entenderse la metáfora si el estadio fuera el Camp Nou. “Esta liga la vamos a ganar”. Pero buscar como marco el estadio del Can Buxeres, de L’Hospitalet de Llobregat para anunciar que van a ganar la liga española no sé yo… Equivocar los contextos se llama esa figura.

En esa línea, Pedro, después de parafrasear a Adolfo Suárez, hizo lo propio con Luis Enrique. El Barcelona gana cuando es el Barcelona, dijo el entrenador. Él dijo: El PSOE gana cuando es el PSOE. Mira que lo había dicho hace tiempo Nicolás Redondo: Si jugamos a Podemos, gana Podemos.

Un error lleva a otro y el entrenador del PSOE FC ha creído que puede fichar a Neymar. Piensa hacer ministro de Refugiados al francés Sami Naïr y ministro de Inmigración al senegalés Luc André Diouf. Lo que pasa es que no puede. La Ley 50/97, Del Gobierno, establece en su artículo 11 los requisitos de acceso al cargo de ministro: “ser español, mayor de edad, disfrutar de los derechos de sufragio activo y pasivo y no estar inhabilitado para ejercer empleo o cargo público”.

Es verdad que pueden nacionalizarse, pero hay dos problemas. Uno el que plantea Borrell, que no pide la cuenta en Abengoa hasta que Pedro gane las elecciones. No parece probable que Naïr vaya a renunciar a la nacionalidad francesa para cambiarla por la española, sin estar claro el ministerio. Y aunque lo hicieran él y Diouf, los trámites son largos y Pedro no puede acortarlos hasta que gane y haya formado Gobierno. Mal está que él no lo sepa. Pero, ¿no lo sabe nadie en su partido?¿Tampoco Margarita Robles, que tiene estudios? Ah, bueno, que era un brindis al sol, mera propaganda.

 

 

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Temporas y mores (I)

Puedo prometerPublicado hoy, en mi columna de El Mundo

Recordarán los más memoriones del lugar que Felipe González anunció en sus buenos tiempos de los 202 escaños que iba a someter la gestión de UCD a “auditorías de infarto”, amenaza en la que se regodeaba Alfonso Guerra, mientras motejaba a Adolfo Suárez de ‘tahúr del Missisipi con chaleco floreado’.

El gran Paco Umbral escribió en la última de este periódico que aquello de las auditorías fue el ‘se sienten, coño’ de Tejero, perpetrado por un devoto de Mahler. Guerra llamó a Suárez “perfecto inculto procedente de las cloacas del franquismo” lo acusó de “regentar la Moncloa como una güisquería” y dijo que quería asaltar el Congreso subido en el caballo de Pavía”. Ni Pavía entró en el Congreso a caballo, ni Suárez necesitaba esa metáfora del golpe. Ya había entrado dos veces empujado por el voto de los ciudadanos (1977 y 1979). Y ahora va el joven Sánchez y en lugar de declararse heredero de aquel dúo sevillano al que Julio Cerón llamaba ‘el par director’ se equipara con Suárez: “puedo prometer y prometo decencia, diálogo y dedicación’. También se ha declarado heredero del Barça, quizá por influencia del par Collboni-Colau, aunque no se ha atrevido a vestirlos de blaugrana.

El joven Sánchez demuestra aquí su modestia, pero no descartemos que para el comienzo de la campaña nos guarde su ‘I have a dream’ y que aprovechando la numerosa presencia de alemanes en la costa mediterránea, tenga preparado su ‘soy berlinés’ (Ich bin ein Berliner) como Kennedy en el 62.

Coincidiendo con el declinar de las auditorías, que dejaron los infartos en una leve arritmia, estalló el caso Flick. Un empresario alemán así llamado sobornó a la práctica totalidad de los partidos del Bundestag. Luego, el SPD financió al PSOE con un millón de marcos a través de la Fundación Ebert. A mí me cupo, y me cabe, una duda a favor del PSOE. ¿Sabían sus dirigentes que eran fondos procedentes de un asunto de corrupción? Puede que no, pondré un ejemplo: el airado portavoz de Posemos en el Senado, Ramón Espinar Junior, tiene derecho a la presunción de inocencia ante el hecho, más que probable, de que sus regalos al cumplir los 16, una bici, unas vacaciones familiares, qué sé yo, fueran pagados por Espinar Senior con su tarjeta black.

Lo que son las cosas, en 1984 se creó una comisión de investigación en el Congreso. Fraga mandó contra González a su secretario general, un cachorro cuyo aspecto le habría hecho superar con éxito un casting para hacer de oficial de las SS en ‘Holocausto’. O quizá para hacer de Strelnikov en Doctor Zhivago. En su respuesta parlamentaria, Felipe acuñó una frase llamada a hacer fortuna: “Señor Verstrynge… He sido absolutamente claro: no he recibido ni un marco alemán. Ni de Flick, ni de Flock”.

Y ahora, casi 32 años después venimos a enterarnos por testigo autorizado de que el propio Verstrynge, junto a Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, recibieron siete millones de euros librados por Chávez a favor de la Fundación CEPS para favorecer la creación de un partido chavista en España. Así lo ha declarado ante la UDEF en el Consulado de España en Nueva York el que fue ministro de Finanzas de Chávez, Rafael Isea. Él dio a firmar al líder bolivariano la orden de pago e identificó la firma sin ningún género de dudas. Flick y CEPS son dos casos de financiación extranjera, pero hay una diferencia: la pasta de la socialdemocracia alemana era para apoyar y consolidar la transición española, un impulso democrático. La subvención bolivariana era justo para lo contrario. (Continuará, ya lo verán).

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La juez Vicky

Vicky

Publicado ayer en mi columna de El Mundo

Tengo alguna vez escrito o quizá sólo pensado que en el juego parlamentario durante esta malograda legislatura cabría llamar al presidente en funciones don Mariano y a los líderes alternativos la liga de los sin bata: Pedro, Pablo, Albert y Alberto. Lo he recordado al leer las novedades de la ex diputada canaria Victoria Rosell, una más en el parvulario, que se hace llamar Vicky por los suyos, con eso se lo digo todo. 

Viene a resultar que el caso en el que el Supremo había admitido a trámite una querella contra ella por prevaricación, cohecho y retardo malicioso en la tramitación de un procedimiento ha conocido un giro de interés al conocerse una supuesta grabación en la que el juez que la sustituyó al frente de su juzgado acuerda con el empresario Ramírez los términos de la declaración que el citado empresario prestó después contra Vicky Rosell, acompañado de una grabación en la que el juez muestra una proximidad y un colegueo absolutamente impropios. 

Son los efectos perversos de los trials. Siempre hay un ayudante del fiscal ofreciendo liberar de culpa a un procesado a cambio de un testimonio que crucifique a sus cómplices.

Hay una diferencia. Jamás el fiscal incurriría en una terminología que revelara complicidad con el tipo a quien ofrece un trato. Pero contrariamente a lo que sostiene Posemos por boca de un tal Mayoral, nada nos dice de la inocencia de Vicky: (las grabaciones) “no vienen más que a confirmar lo que ya sabíamos, que Rosell es una persona de total confianza”. Craso error. La grabación, caso de confirmarse como auténtica arrojaría una duda sobre la actuación del juez Salvador Alba, que deberá examinar el CGPJ y adoptar las disposiciones que procedan. 

Pero nada dicen a favor de una juez que no se inhibe en un procedimiento contra un empresario que tiene relaciones comerciales con su novio (de la juez, no del empresario) a quien compra una emisora por 300.000 euros, precio superior a su valor de mercado, según los expertos, resultando que un estra heroína va y retiene un pen drive con  información relevante durante 22 meses, siguiendo la estela de Baltasar Garzón, que era un virtuoso en el manejo del cajón de los sumarios dormidos, recuérdense los casos GAL y Faisán. Y el caso de las cesiones de crédito del Banco Santander, que archivó después de que Emilio Botín, querido Emilio, financiara unos cursos que el juez organizó en la Universidad de Nueva York.

Esto respecto a actividades que podrían incurrir en supuestos delictivos, pero a saber lo que entiende este Mayoral por ‘persona de total confianza’. Los freadores del concepto de ‘la casta’ no deberían considerar de confianza a una juez que está en youtube, montando bronca al personal de AENA por decir que en tanto que diputada no tenía derecho al uso de la sala VIP, al igual que sus 349 compañeros de hemiciclo y llamar ‘godo a un guardia civil que en el uso estricto de las medidas de seguridad aeroportuarias, la requirió para que le enseñara su documentación y sacara el ordenador portátil del bolso.

 

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El pacto de izquierdas

(Publicado hoy en mi columna de El Mundo)

Llegados a este punto del conflicto es preciso admirar la coherencia de Meritxell Batet, qué gran apellido para una candidata por Barcelona, que ha decidido poner fin a la transversalidad que gobernaba su vida amorosa, desde que compartía dormitorio con José Mª Lassalle, secretario de Estado de Cultura en el Gobierno de Mariano Rajoy. “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”, fue una frase inmortal que Fernando Ónega le escribió a Suárez y que Meritxell (o su marido, o ambos) han invertido para dotarla de un nuevo significado.

Se acabó la transversalidad, pacto de izquierdas. El de Pablo Iglesias y Alberto Garzón, ese par de luminarias. El primero se comerá al segundo para afrontar la tarea de hacer lo propio después con Pedro Sánchez, cuando hayan formado un Gobierno de coalición presidido por éste.

Se ha convertido en un lugar común una extravagante convención matemática: “dos más dos no suman cuatro”. No estoy de acuerdo. Dos y dos seguirán sumando cuatro, pero no cinco. Creo que la coalición de Podemos e IU obtendrá más votos que los que habría obtenido el primero en solitario, como también creo que no obtendrán escaños suficientes para dar el ‘sorpasso’ al PSOE. El 20-D a la suma de los dos le faltaban 20 para quitar a los socialistas la segunda plaza. Suponiendo que Perdemos no pierda escaños como pronostican todas las encuestas y que IU saque los nueve diputados que están en puestos de salida, aún le quedan 13. Son muchos escaños.

GarzónPablo rubricó el pacto con abrazo, en su estilo. Con abrazo y beso tal vez húmedo celebró el discurso de su colega Xavier Domenech en el hemiciclo, bajando de su escaño hasta los medios. Tras ironizar cinco o seis veces en una charla sobre mi compañero Álvaro Carvajal y después de que lo plantaran todos los periodistas que cubrían su charla, se dirigió al periodista en el siguiente acto en el que coincidieron y le cascó un abrazo de boa constrictor, de esos que sólo practicaban los jerifaltes soviéticos, aunque en el campo de nuestra socialdemocracia también ganó justa fama con los suyos Javier Solana. Pablo hizo lo mismo con el pobre Alberto para festejar el pacto y beberse juntos unas birras. Sí, el mismo Alberto, que llevaba intentándolo tanto tiempo y al que rechazó políticamente, negándole coalición, y también en lo personal: pitufo gruñón’, típico izquierdista tristón, cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas… etc.”, un desdén que recuerda al de Lorca en su gran ‘Prólogo’: “guárdate tu cielo azul, /que es tan aburrido, /el rigodón de los astros. /Y tu infinito, /que yo pediré prestado/ el corazón a un amigo”.

CarvajalY diez meses después, exigencias del guión y las encuestas, actúa como si hubiera ligado con Lenin. O con Largo Caballero, al que la izquierda puso el sobrenombre de “el Lenin  español”. Pobre Alberto, que cumple, tal como decía el otro día la gradación del comunismo español hacia la nada. Más mérito tenían los nacionalistas catalanes, cuyo líder minimalista, el increíble hombre menguante apuró ese viaje en sí mismo. El PCE lo ha hecho a lo largo de cuatro generaciones. Cuando Sánchez Dragó entrevistó a Semprún, éste puso a parir a Carrillo, aunque matizó: “Hombre, si lo comparamos con el pobre Frutos, hay diferencias”. Pues de Frutos a Llamazares también las hubo y Llamazares puesto junto a Garzón, parece Palmiro Togliatti. No diré Gramsci para que no se me excite Pablo.

PI y FGNota.- Vean la foto tercera, aquí al lado. Fue tomada la semana pasada durante la entrega de los Premios Ortega y Gasset, en el 40º aniversario de la salida de El País. Fíjense en el gesto obsecuente Pablo, la atención con la que mira al líder, la sonrisa genuflexa, la mansedumbre con que se deja pasar la mano por la chepa. ¡La mano sucia de cal viva! Y todo igual. Hay que joderse.

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