El bálsamo del doctor Sánchez

Pie de foto.-Sánchez y Urkullu. Observen cómo Pedro ya le ha cogido el tranquillo al manspreading característico de Pablo.

Con diez días de adelanto sobre el calendario se celebraba ayer en la sede foral de Bizkaia la tradicional recepción que por San Ignacio patrocina el diputado general a las fuerzas vivas del Territorio. Como también es tradición, Unai Rementería recibió al lehendakari entregándole su makila, el bastón de mando que simboliza el poder foral, aunque estaba claro que era solo por un rato. Era un gesto grato para Urkullu, que está viviendo en este periodo prevacacional una experiencia sumamente agradable.

Ayer recibía en Ajuria Enea la visita de Pedro Sánchez, que venía en actitud oferente, con los derechos de primogenitura en las manos y en plan de hacer amigos. Vino a decir que dentro de España existe una nación que se llama País Vasco y ofreció a sus interlocutores, Urkullu y Ortuzar, un plan para reformar la Constitución, bálsamo extraordinario para calmar ardores territoriales en España. De naturaleza federal, claro. Les invitó a sumarse al primer paso que va a dar su partido: crear una subcomisión en el Congreso el próximo mes de octubre. El objetivo es convertir a España en un Estado plurinacional. Coño, como Bolivia.

Una antigua votante dedicó a Pdro Snchz un tuit demoledor, permítanme que recurra a la perífrasis para soslayar un término que pudiera parecer hiriente: “Mira, Pedro, de verdad, no eres tan guapo como para compensar tanto déficit cognoscitivo”. Pedro no parece muy largo de alcances, por lo que vamos a traducirle al román paladino lo que han querido decirle sus anfitriones con ese “ya veremos”.

El partido-guía vive un momento dulce en su relación con el PP. SE han aprobado mutuamente los presupuestos, el PNV ha respaldado al Gobierno Central en el techo de gasto para 2018. A cambio, el PP ha pactado con el Gobierno vasco y las tres diputaciones la nueva Ley Quinquenal del Cupo. Por otra parte, al PNV no le interesa la reforma de la Constitución. Se conforma con la Disposición Adicional 1ª y con tener un aliado de recambio para encarecerle la factura al PP, encarecimiento que pagarán todos los españoles, por la falta de sentido de Estado de este pobre chico. A los nacionalistas, Pedro, no les interesa la plurinacionalidad, sino la relación bilateral. No confundas plurinacionalidad con pluritransferencias. Antaño, cuando los nacionalistas catalanes envidiaban el régimen foral, el PNV no estaba por la extensión de lo suyo a Cataluña. “Las autonomías de la envidia”, decía Arzalluz.

El PNV está que lo tira. Es la vuelta a su inatacable centralidad política en materia de alianzas electorales. Pongamos que hablo de 1998: apoyaba al PP en el Gobierno Central; gobernaba la autonomía en coalición con EA y el PSE. En la mitad de aquel año, salió de Lakua el PSE y en 1999 lo sustituyó por pacto de legislatura con Euskal Herritarrok. Ya en coalición con EA pactó con el PSE la diputación de Guipúzcoa y el Ayuntamiento de San Sebastián, con el PP el Ayuntamiento de Bilbao, sustituyendo después a los populares por el PSE e Izquierda Unida. Gobernó la Diputación de Bizkaia con el PSE y la de Alava con Eusko Alkartasuna. También gobernó el Ayuntamiento de Vitoria con Unidad Alavesa. En medio de todo esto, negoció con ETA. No hay quién dé más. Pedro, no sé si te das cuén: son mucho más listos que tú.

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Hecho diferencial y periodismo diferencial


El arte de titular again. Comparen el titular de La Vanguardia con todos los demás y vean si se les ocurre alguna explicación. Hoy mismo, el diario del Grande ha hecho saltar la sabatina de Gregorio Morán por su apreciación sobre el nuevo responsable de Interior. Vaya por delante que no suscribo todo el artículo de Morán. Por ejemplo, esta frase:

“Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende.”

Aquí, evidentemente, se ha dejado llevar. Su viejo amigo Anasagasti y su también viejo, aunque no tan amigo Arzalluz, acuñaron La Brunete mediática para los periodistas que defendíamos la Constitución contra el macizo de la raza (vasca), este sí, del plan Ibarretxe. Se habrá distraído o le ha fallado la memoria, cuestión menor en todo caso.

Algún día me pondré a pensar sobre el Grande y la memoria histórica. En todo caso no es periodismo diferencial catalán. El Periódico llevaba otra portada:

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Gracias, queridos y queridas

  1. Conque hoy es el cumple del Patrón.
    Pues con la pertinaz sequía, y al amparo de que nadie se acuerde (incluido el interfecto), aquí que me repulo y me reciclo.

    A uno que escribe mucho y bien en los papeles,
    y encima gobierna una nave de alto bordo

    Periodista de Burgos bilbaíno,
    del ‘Mundo’ columnar alto estilita
    que admiración y envidia en sí concita,
    escritorazo como copa en pino:

    En verdad, don Santiago, que no atino
    cómo vuesa merced fiel nos visita
    a diario, y magistral página edita
    cada horas veinticuatro matutino,

    Siempre preciso, bien documentado,
    como que la Memoria os es innata,
    tanto, que nadie os vio meter la pata.

    Para el papel, González, sois dotado:
    si periodismo es dato al canto, ¡eureka!
    elefante tenaz de hemeroteca.

    Lindo Gatito dijo:

    La luna vino a la Argos
    Con su polisón de cardos.
    Don Santiago González,
    El patrón, la está mirando.

    En el aire enrarecido
    La luna se da un morrazo
    Porque trae noticias frescas
    De lo del catalufazo.

    –Mira, luna, luna, luna,
    Que esto esto del prucés no es santo;
    Que no paran de mentirles
    A los Tirios y Troyanos.
    Huye luna, luna, luna,
    De estos siesos catalanos.

    –Joder, Santiago, no joda
    Mi sentir amodorrado.

    El jinete se acercaba
    Dándole por saco al campo.
    Heraldo de Puigdemont,
    Airea sus topicazos
    Y no encuentra en esta Argos
    Eco para sus bandazos.

    Que tenga un feliz día,
    Maese don Santiago.
    No se rinda nunca, no.
    Siga desplegando velas,
    Siga velando y velando.

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En casa del Tres per Cent

 

Pie de foto.-Ay, Federico García, llama a la Guardia Civil

Tanta ensoñación de tanques por la Diagonal y cuando tienen un apunte no dicen ni mú. Docena y media de guardias civiles se plantaron ayer en el Parlamento de Cataluña y el Palacio de la Generalidad. “Se han personado” decía delicadamente La Vanguardia. “Visitaron”, podrían haber dicho.

La ocasión permitiría una gran paráfrasis lorquiana, si no fuera porque a los visitados les tocaba el papel de los gitanos: “El Palau libre de miedo/ multiplicaba sus puertas,/ dieciocho guardias civiles/ entran a saco por ellas./ Los relojes se pararon/ y hasta el coñá en las botellas/ se disfrazó de noviembre/ para no infundir sospechas”. Quizá fuera más propio dejarse llevar por la analogía tonta: guardias civiles en el Parlament, ¡un tejerazo! Si no fuera por la inversión de los papeles: en la cámara catalana los golpistas estaban dentro.

No ha habido protestas, ya digo. La Generalidad vistió de timbaler del Bruc al pobre Turull y difundió la versión de que había impedido la entrada de los guardias, lo que no era cierto, por más que las televisiones amigas lo difundieron con mucha convicción. En todo caso hay que censurar la falta de estilo de los guardias. En lugar de ir con tricornio, llegaron en plan casual, en camiseta y embozados con pañuelos. Seguramente no se alarmó nadie porque parecían parlamentarios de la CUP.

Hace ya más de 42 años que Jordi Pujol, en compañía de otros, como se diría en prosa judicial, fundó Convergència en el monasterio de Montserrat. Había tradición. En diciembre de 1970 se habían concentrado allí 300 intelectuales y artistas para protestar contra el proceso de Burgos. Hacía casi el doble, 81, que “en el 18 de julio/ en el patio de un convento/ el Partido Comunista/ funda el Quinto Regimiento”. La idea de acogerse a sagrado ha gozado siempre de mucho arraigo, hay una cierta metáfora de útero materno en lo de Montserrat.

Debo confesar que en el primer contacto con la noticia me dije: “¡anda, el 155 ya está aquí!” pero no había tal. La épica, como la barca del amor de Maiakovski siempre se estrella contra la vida cotidiana. No era la sedición, sino la mangancia, aquel secreto a voces que Maragall le cantó a Mas en el Parlamento: “Vostés tenen un problema i aquest problema es diu tres per cent”, y ahora tiene imputado a su mano derecha, o sea, Germà Gordó.

Ese artículo cuya aplicación no les cabe en la cabeza a Margarita Robles ni a Aitor Esteban, no prevé la sustitución de los mossos por guardiaciviles. Uno entiende que si los guardias llegan a presentarse ayer con uniforme, el aguerrido Turull se habría escurrido por las alcantarillas, como Dencàs y la tropa de Companys el 6 de octubre del 34. El 155 no da para tanto, sino para poner a los mossos bajo las órdenes del delegado de Gobierno, pero cuando el golpista Puigdemont ha puesto al frente de la Policía a alguien que va a hacerle cumplir órdenes ilegales ha llegado la hora. Rajoy no debería preocuparse por tener que explicárselo a Pere Sàntxes (© Dolça Catalunya). No lo va a entender, pero llegado caso, ya se lo explicarán los electores.

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Un libro imprescindible

Hay libros útiles, libros necesarios y libros imprescindibles como este que nos ocupa, un vademécum de las víctimas del terrorismo. En él vienen detalladas las biografías de las 857 víctimas mortales de la banda terrorista. Después de publicado el libro ETA cometería su último asesinato en una localidad francesa al suroeste de París, en la persona del gendarme Jean Serge Nérin el 16 de marzo de 2010.

Los autores, Florencio Domínguez, Rogelio Alonso y  Marcos García Rey, emplearon muchos meses en la investigación, documentación de un libro, que por decirlo con palabras de Raúl del Pozo “tiene muchos jornales dentro”. El resultado es una obra de ambición enciclopédica, que comprende todas y cada una de las biografías que se transformaron en esas ‘Vidas rotas’, con las circunstancias en que fueron asesinados, las reseñas periodísticas que dieron cuenta de cada crimen, los autores y las penas a las que fueron condenados por los tribunales. Cuando fueron hallados.

Vidas rotas cuenta todo lo que se sabe y denota todo lo que no se sabe, las más de 300 víctimas cuyos asesinatos no han sido juzgados ni esclarecidos policialmente. Es, como dijo la entonces presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, Maite Pagaza, “un monumento de palabras”. En estas páginas están las placas que los alcaldes nacionalistas no dejan colocar a Covite en los lugares donde fueron asesinadas, los stolperstein que en la ciudades alemanas y austríacas señalan los domicilios en que habitaron las víctimas del holocausto. Las víctimas no tienen un monumento en España que las honre más que este libro, inmejorable materialización de la aspiración reivindicativa que las víctimas condensan en ‘verdad, memoria, justicia’. Es preciso leer y releer este libro en estos tiempos en que el eco de tanto crimen se está desvaneciendo en el aire, como hemos tenido ocasión de ver en el vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, en esta hora en que se blanquean los miembros de la izquierda abertzale en las instituciones, siguiendo el modelo inaugurado por el alcalde de Rentería con cierto éxito de público, al dirigirse a las víctimas para pedir disculpas si  en algunas ocasiones no hemos estado a la altura etc.

Esto al parecer basta a algunas almas bellas para ver un giro interesante en la actitud de todos los Mendozas. El problema de los batasunos no es haber estado o no a la altura, haber dado el pésame en tiempo y modo. Es haber sido cómplices de los asesinos, modelo Ibon Muñoa, concejal de HB en Eibar en 1997. Él hizo el seguimiento a Miguel Ángel Blanco desde que bajaba del tren en Eibar a primera hora de la tarde para ir a trabajar a la empresa Eman Consulting, él alojó en su casa a los tres asesinos, Txapote, Iranzu Gallastegi y Geresta. No es que no estuviera a la altura, es que fue cómplice. No hay en estos arrepentimientos veniales ninguna condena de la carrera criminal de ETA, ninguna exigencia de disolución, ninguna predisposición a colaborar con la justicia. La verdad es que a veces no sé de qué hablamos cuando hablamos de amor.

Ahora, la Fundación de Víctimas del Terrorismo ha tenido una iniciativa ejemplar para cumplir esas tres aspiraciones: ha comprado los derechos del libro y se lo ofrece a todo el mundo en internet gratis. Bajénselo. Es un inmejorable libro de consulta,que también lo es de lectura. Basta buscar en el índice onomástico el nombre de una víctima para tener acceso a su biografía y a la de quienes con ella murieron si fue en un atentado múltiple. Deberían aplicarse a su lectura todos esos tipos que a modo de arrepentimiento, dicen que si en algún momento no hemos estado a la altura lamentamos las molestias y para las almas bellas que consideran esto un paso para la reconciliación y la paz.

En fin, queridos y queridas: pasen y lean:

http://fundacionvt.org/wp-content/uploads/pdfs/Vidas_Rotas.pdf

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Pedro Montesquién?

 

Hoy en El Mundo

Uno ya le va cogiendo el tranquillo como head hunter, mi admirado Pedro Sánchez, después de comprobar la capacidad intelectual de su vicesecretaria general, Adriana Lastra, su secretario de Organización, José Luis Ábalos, su portavoz parlamentaria, Margarita Robles y el portavoz de su Ejecutiva Federal, Oscar Puente. Mare de Déu, quina tropa!

Usted aprovechó su encuentro con Miquel Iceta para criticar “el inmovilismo de Rajoy” y ciscarse en Montesquieu: “Si la política solo fuera el respeto escrupuloso a la ley, gobernarían los jueces”. Ah, el inmovilismo. Si Maragall y Zapatero no se hubieran movido tanto por un Estatut que Pujol no había pedido en 23 años, tal vez nos habríamos ahorrado este trago. El resto de la cita es una iniquidad solo equiparable a los palotes que hacen con el Estado de Derecho sus alter ego: Puigdemont y Pablo Iglesias. Mire, ignaro, las leyes las hace el poder legislativo, los jueces solo las aplican y el Ejecutivo tiene como misión cumplirlas y hacerlas cumplir.

No me sorprende, admirable Sánchez. Ya demostró usted desconocer qué cosa es una nación en lo político y no saber qué es una hipótesis en el terreno epistemológico. Cabría aplicarle la atenuante de que es usted de ciencias, económicas, más concretamente. Y llegados a este punto, Pedro, ¿con qué manual estudió usted Teoría Económica I? Yo lo hice con el Basil J. Moore, que en su primera lección, primer día de clase, explicaba el conceto: “Economía es la ciencia que trata de la asignación de recursos escasos y susceptibles de usos alternativos”. Yo me acordaba mucho de esta definición cuando ZP trataba los números con el mismo relativismo que las letras: “mi señor Zapatero, la suma de las partes de un todo no puede superar el 100%”.

Y ahora su número 3 quiere perdonar la deuda a Cataluña, premiar una gestión calamitosa de los asuntos públicos. Ustedes, igualitaristas asimétricos, dicen que se les perdona a todas las CCAA. Aquí no paga nadie, diría Darío Fo.

Por otra parte, esa largueza no va a mover a los golpistas a reconsiderar su actitud. Si su disparate tiene premio, aunque sea de consolación, se sentirán incentivados para intentarlo de nuevo. Está en la naturaleza del nacionalismo. Arzalluz dijo en 1996: “He conseguido más con Aznar en 14 días que en 13 años con Felipe González”. Ello no fue obstáculo para que dos años más tarde, el PNV pactara con ETA la exclusión del PP (y del PSOE, Pedro). No con HB, sino con ETA, los asesinos de Miguel Angel Blanco, aquel chico del que ustedes no se acuerdan. Y poco después se echaron al monte del Plan Ibarretxe aceptando como guía al improbable Juan Josué.

Ahora quiere usted negociar con un Puigdemont que enseña la patita del totalitarismo en las purgas. En todo caso, aprenda a distinguir purgas de purgaciones. Advertía Nicolás Fernández de Moratín en su ‘Arte de las putas’ sobre las precauciones en relaciones promiscuas: “No dormirse en colchón no conocido;/ por no vivir en esto uno advertido/ le arrimó unas perennes purgaciones/ ‘la Catalana’ de la calle Hita”. Era un caso, rehúya la sinécdoque.

 

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Chistes viejos con caras seminuevas

Es un montaje del genio de Arcu, pero muy  bien podría titularse ‘Apuntes del natural’. Josu Ternera fue uno de los 14 diputados de Euskal Herritarrok que el 19 de mayo de 1999 había votado un pacto de legislatura para Juan Josué Ibarretxe en el Parlamento vasco. Arnaldo Otegi era entonces su jefe de filas en el Parlamento. Josu Ternera era el jefe político de Otegi, en tanto que jefe operativo de la banda terrorista.

Para mayor abundamiento he aquí una foto del nuevo pàrlamentarismo de aquella legislatura. Arnaldo Otegi entre dos terroristas: Jon Solabarria y Josu Ternera. Estos dos tomaron el olivo y huyeron. El del medio fue a la cárcel, pero ahí lo tenemos todavía.

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Pentimento de Ermua

El 12 de julio de 1997 se celebró en Bilbao la más grande manifestación contra ETA jamás convocada. La cabeza de la misma arrancó a iniciativa de Arzalluz, sin esperar al presidente del Gobierno ni al ministro del Interior, que no habían llegado todavía. Aquella marcha fue un clamor, la primera vez que en una manifestación contra ETA se rompía la consigna de silencio de los convocantes, el Pacto de Ajuria Enea.

Aquella tarde mataron a Miguel Ángel y un año después, el PNV y EA negociaban con ETA la exclusión de las fuerzas “cuyo objetivo es la destrucción de Euskal Herria y la construcción de España (PP y PSOE)”, un precedente del Tinell, pero firmado con los asesinos de Miguel Ángel. El Pacto de Ajuria Enea da lugar al Acuerdo de Lizarra, El PNV jubila a Ardanza y lo sustituye por Ibarretxe. La coalición de Gobierno que mantenía desde hacía diez años (menos ocho meses) con el PSE se acaba y el PNV arranca la VI legislatura junto a EA y en pacto de legislatura con Euskal Herritarrok, la marca de HB. Uno de los 41 votantes que tuvo Ibarretxe aquel 19 de mayo de 1999 fue el parlamentario Josu Ternera, jefe operativo de la banda terrorista.

El espíritu de Ermua dio lugar a dos plataformas ciudadanas, el Foro Ermua y ¡Basta ya! y su vigencia propició una política antiterrorista que llevó al Gobierno de Aznar y al PSOE el pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Pero no era un pacto de Estado. El nacionalismo estuvo en contra desde el principio y los socialistas lo aplicaron de manera sumamente creativa, con las conversaciones de Eguiguren con Arnaldo Otegi ya en los primeros meses de la firma.

Veinte años después del asesinato de Miguel Ángel no han querido honrar su memoria los nacionalistas, ni los socialistas, salvo la honrosísima excepción de Carlos Totorica. Tampoco Podemos, sus extensiones y mechas, ni el Ayuntamiento de Bilbao, ni el de Madrid, ni el de Barcelona., ni el Congreso de los Diputados. En Lasarte ha fracasado por la abstención del PP una iniciativa del PP para que el pleno condenase la violencia de ETA y guardase un minuto de silencio en honor de Miguel Ángel Blanco. Es una muestra de coherencia, si bien se mira. Los socialistas que gobiernan el pueblo en cuyo término fue encontrado Miguel Angel con dos balas en la cabeza, ya se abstuvieron el 14 de febrero pasado, cuando el mismo concejal propuso un minuto de silencio por Froilán Elespe, teniente de alcalde socialista asesinado en 2001.

Veamos sus efectos. A la hora del secuestro Ermua tenía 8 concejales socialistas, 4 del PP, 2 del PNV, 2 de IU y uno de HB, Jon Cano, que aquel día tuvo que huir de la ira de sus vecinos. Dimitió y nadie quiso reemplazarlo. Veinte años después, el PSE ha perdido 2, el PP otros dos; el PNV ha ganado uno, EH Bildu tiene dos concejales más que entonces y el espacio de Unidos Podemos ha pasado de dos a tres.

Veinte años después se ha conmemorado un aniversario importante. No para Carmena, ay, mi Carmena, que cree que no se debe singularizar a una víctima por encima de otras. Ella no puede calcular que fue ETA quien destacó a Miguel Ángel al someterlo a una pasión y muerte tan crueles, que encendieron la rabia la protesta ciudadana, aunque fuese por poco tiempo. Veinte años después ha sido honrado por su partido y poco más. Como le pasó al Rey Emérito en el 40 aniversario de las elecciones constituyentes, el PP no ha encontrado sitio para dos testigos muy cualificados: Aznar y Jaime Mayor, presidente del Gobierno y ministro del Interior en aquel julio de 1997.

 

 

 

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Epifanía de Pedro Corral. Desertores

Presentación del libro ‘Desertores’ en el Círculo de Bellas Artes

Conocí a Pedro Corral en 2006. Yo acababa de abrir un blog dedicado a la actualidad política y la forma de contarla que tiene el periodismo. Por aquel entonces, el presidente Rodríguez Zapatero puso en marcha una de sus peores ocurrencias: la ley de Memoria Histórica. Permítanme un par de brochazos definitorios: aquel anuncio había sido una promesa implícita en su discurso de investidura, al cerrarlo con una cita de autoridad de su abuelo, el capitán Lozano, fusilado en agosto de 1936.

Memoria histórica era un disparate que relucía desde el mismo nombre del constructo, un oxímoron. La memoria histórica es la yuxtaposición de dos términos que no casan. La memoria es por definición personal y subjetiva, mientras la historia es el relato de los hechos tal como sucedieron, depurados en el tiempo y despojados de subjetivismos y otras excrecencias. Personalmente me pareció una afrenta especial que semejante artefacto se pusiera en marcha en aquellas fechas: en el mes de junio de 2006 se cumplían 50 años de la política de Reconciliación Nacional, una propuesta aprobada en 1956 por el Comité Central del PCE. En su declaración de principios decía:

“El Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco.  Crece en España una nueva generación que no vivió la guerra civil, que no comparte los odios y las pasiones de quienes en ella participamos. Y no podemos, sin incurrir en tremenda responsabilidad ante España y ante el futuro, hacer pesar sobre esta generación las consecuencias de hechos en los que no tomó parte.” 

Debo hacer una confesión. Si el PCE no hubiera hecho esta exposición de principios, yo jamás me habría afiliado a ese partido, lo que por otra parte constituye uno de los errores de mi vida. O sea, que si el PCE no hubiera tenido aquel acierto, yo no habría cometido aquel error. Les parecerá curioso, pero la vida moderna, queridos y queridas, es un fenómeno complejo.

La memoria histórica es, con diferencia, el peor de los errores de Rodríguez Zapatero. Él puso en marcha el hallazgo de definir la fobia a terceros como aglutinante del nosotros, como factor de cohesión social de un bando. Esa es la causa de que a estas alturas, 61 años después de la política de Reconciliación Nacional, las nuevas generaciones de las que habla el manifiesto del Comité Central, han aumentado los odios y las pasiones de sus padres y aún de sus abuelos. España vive ahora la ira retrospectiva de los nietos, una pasión de antifranquismo sobrevenido, una voluntad guerracivilista de ganar la contienda con efecto retroactivo. Aquella iniciativa del PCE era necesaria y justa, pero como vemos, había en su formulación algo de wishful thinking.

Estas son las razones básicas por las que yo me tomé la memoria histórica como una cuestión personal y esto es lo que en aquel 2006 llevó a Pedro Corral a escribirme para dar cuenta de su acuerdo con las cosas que yo escribía en mi blog. Entonces empezamos a mantener una correspondencia que no cesó y a desarrollar una amistad con la que me honro. En algunas ocasiones he colgado en mi blog los videos de las intervenciones de Pedro en el Ayuntamiento de Madrid desmontando los disparates de Carmena y sus concejales, con argumentos sólidos como los hechos que relataba, desmontando las falacias de la Junta de Gobierno Local, subrayando con mucha pertinencia la ignorancia con que sus adversarios se empeñaban en el cambio del callejero, etc.

Es la suya siempre una voz equilibrada y ecuánime, sin estridencias. Por eso no hace falta insistir en algo obvio: La ley de Memoria Histórica nada tiene que ver con la legítima aspiración de muchos españoles de recuperar los restos de sus antepasados que yacen desperdigados en cementerios no convencionales. Un Gobierno respònsable podría haber satisfecho esta demanda a petición de parte sin aspavientos ni alardes. Y sobre todo, sin redescubrir la llamada de la guerra civil. En una palabra, la tarea del buen gobernante era hacer de las fosas tumbas, no trincheras.

Pondré un ejemplo: En 2004, el flamante ministro de Defensa del zapaterismo, José Bono decidió enriquecer el desfile del 12-O con una aportación personal: hacer desfilar a dos nonagenarios, uno perteneciente a la Nueve de Leclerc, la primera compañía que entró en el París ocupado por los nazis y el otro a la División Azul, que fue a luchar junto a los nazis en el frente ruso.

Desde su anuncio, la idea me pareció repugnante. Pudo haberla mejorado haciéndoles vestir los uniformes que llevaron, porque los voluntarios de la División Azul llevaban en el uniforme de la Wehrmacht. Un símbolo de la reconciliación, dijo, casi 50 años después del Manifiesto del PCE. Hacía casi 40 años que yo había vivido la reconciliación en mi casa. Mi padre había sido de una de las últimas quintas movilizadas por el bando franquista. Fue al frente del Ebro con 18 años.

Mi padre fue lo que podríamos llamar un franquista sociológico. A comienzo de los años sesenta compró una casa en Covarrubias, mi pueblo, Cándido Blanco, paisano de mis padres que había hecho la guerra en el otro bando, el que para mí por entonces era el bueno. Cándido era comunista y del Quinto Regimiento, había sido condenado a muerte en un consejo de guerra en 1940 y fue uno de los grandes amigos de mi padre en su madurez y su vejez. Fue también el hombre que me metió a mí en el PCE. En los años sesenta, siendo yo un adolescente, solíamos ir de picnic los domingos y yo aprovechaba para tirarles de la lengua sobre la guerra y sus anecdotarios. Mi padre volvía a sus recuerdos del Ebro con cierta facilidad. En una ocasión contaba una de las acciones de la batalla y dijo: “Y desde la otra orilla, los cabrones de los rojos no paraban de ametrallarnos”. DE pronto, se dio cuenta del contexto y se volvió hacia su amigo: “Huy, perdona, Cándido”.

Como comprenderán, que tantos años después viniera Pepe Bono a reconciliarme las dos Españas me parecía, más que una broma de mal gusto, un acto de cinismo. Y con uniforme de la Wehrmacht.

Valga la anécdota para explicar mi sensibilidad ante el tema. Pero volvamos al avío. En una de aquellas correspondencias, Pedro me envió dos libros suyos. Uno era este ‘Desertores’ cuya nueva edición presentamos hoy. El otro era ‘Si me quieres escribir’, un relato épico y admirable de la gesta de la 84ª Brigada Mixta, la única unidad militar del Ejército Republicano que tomó una capital de provincia, Teruel, el 8 de enero de 1938. El mando republicano les anuncia un permiso como recompensa, pero apenas llegan a Rubielos de Mora, les anuncian que vuelven al frente. Los soldados se plantan y son detenidos. El título del libro obedece a la versión propia que cantaban de una famosa canción republicana:

Si me quieres escribir

Ya sabes mi paradero,

Después de tomar Teruel

En la cárcel de Rubielos.

El 20 de enero, 12 días después de haber tomado Teruel, 46 de sus integrantes son fusilados en un lugar llamado Piedras Gordas. Ninguna Asociación de la Memoria Histórica se ha interesado por recuperar sus restos. La posición moral respecto al crimen en España está más influida por nuestra relación con el victimario que por la víctima. De ahí que media España sea muda sorda y ciega respecto a los asesinatos masivos de Paracuellos del Jarama. Lo que determina nuestra posición es quién mata.

Y en el ámbito internacional pasa lo mismo. Los medios de comunicación y la opinión pública española apenas dieron información del genocidio más brutal perpetrado en el mundo en la segunda mitad del siglo XX: en tres meses, entre abril y julio de 1994, los hutus asesinaron a machetazos en Ruanda a 800.000 tutsis, un ratio de la muerte superior al de Auschwitz, y con procedimiento puramente artesanal, a machetazo limpio. En el origen de aquella matanza no estaban los americanos, sino los belgas y esa es la razón, la sinrazón del desinterés de la izquierda occidental.

En fin, que estas cosas unen mucho y explican mi interés por el relato que Pedro Corral hace de la historia y aprovecho la circunstancia y la presencia del editor para romper una lanza por la reedición de ‘Si me quieres escribir’, libro que comparte los valores y la mirada del autor con este ‘Desertores’ que hoy presentamos gozosamente.

Los dos tienen algo en común que es la mirada profundamente humana del autor, su compasión para poner en primer término a las personas, por encima de su ideología, por encima de bandos y adscripciones partidarias. Otra virtud del autor que me gusta sobremanera es que siempre opta por la línea de mayor resistencia, la menos autocomplaciente, justo al revés de lo acostumbra el periodismo de hoy en día. Y esto se ve especialmente claro en el libro que hoy nos reúne aquí: ‘Desertores’ cuyo subtítulo a la primera edición era de una rotundidad impresionante: ‘La guerra civil que nadie quiere contar’.

Quizá el subtítulo de esta nueva edición sea algo más explícita en cuanto al propósito narrativo: “Los españoles que no quisieron la guerra civil”. A mí es un libro que me gusta mucho ya desde la intención, porque revela una lucidez analítica infrecuente por estos pagos. La guerra civil ha sido la antonomasia de las dos Españas machadianas en colusión fatal. Durante la dictadura franquista se exaltó sin medida la España insurgente y la condena de la republicana.

Diríase que de unos años a esta parte y muy principalmente desde la memoria histórica los parámetros históricos, lógicos y morales se han invertido y hay un porcentaje importante de españoles que consideran a la República como la depositaria de toda legitimidad democrática en contra de los hechos. Hace muy pocos días, un amigo socialista, de los que todavía me quedan, buena persona y honesto, se exaltaba contra las acusaciones que se hacen a su partido de no haber estado siempre en defensa de la democracia y la legalidad. “Hombre”, le dije, “en el 34 no”.

Cada español tiene una épica que le da aliento y una España que le hiela el corazón. Por eso, mis héroes republicanos son una clase de españoles a los que estuvieron a punto de helarles el corazón las dos Españas: Clara Campoamor y Melchor Rodríguez, por ejemplo. Pedro Corral hace una cosa más difícil: se sitúa en tierra de nadie y habla de los parias, de los malditos para los dos bandos: los desertores, los que no querían ir a la guerra. Un desertor es un personaje aborrecido por los suyos y despreciado por los enemigos, que lo aceptan solo por razones prácticas, para debilitar al adversario. Detrás de esa verdad oculta de los desertores está el quid de la cuestión: los españoles no latían de entusiasmo por alistarse en ninguno de los dos bandos.

Cuenta el autor, citando a Herbert L. Matthews, corresponsal del New York Times en la zona republicana, que en su opinión, solo el 20% de los españoles, 10 en cada bando “proporcionaron la fuerza impulsora para mantener viva la guerra”. Esto coincidía con las estimaciones de los historiadores, que de manera casi unánime vienen a cifrar los efectivos de las dos fuerzas más radicalizadas de la contienda, (Falange española y el Partido Comunista) en una cifra no superior a los 25.000 militantes cada uno en 1936.

Este juicio va a hacer que me lea ‘El yugo y las flechas’ y absuelva a Matthews por aquel reportaje en que anunció al mundo la buena nueva de que Fidel Castro vivía después del viaje en el Granma y que encabezaba la guerrilla contra Batista en la Sierra Maestra. La noticia era cierta y constituyó un gran scoop, pero iba rebozada en una propaganda castrista infame. A mí me pervirtió en mis años mozos y cuando espabilé no pude perdonarlo.

Pero volvamos a mandamiento. Lo españoles que fueron voluntariamente a la guerra apenas fueron 200.000 de una población de 24 millones y medio de habitantes. No había mucho entusiasmo, la verdad, y esa fue la razón que obligó a los dos bandos a intensificar la propaganda. A los dos meses de iniciada la guerra, El Socialista dedicó una portada al tema. Junto a la figura de un miliciano que cae muerto por un tiro que le alcanza por la espalda, una consigna: “Soldado de la Milicia. Al desertor que huye ¡pena de muerte!” Esta imagen era la portada del libro en su primera edición.

No abundaré en los procedimientos del escaqueo, desde la huída, a la deserción pura y simple en el frente, pasando por la automutilación de dispararse un tiro en la mano o en el pie, lo que solía costar la vida al artífice al ser delatado por la señal de pólvora que el disparo a cañón tocante dejaba en el cerco de la herida.

No me extenderé tampoco en nombres. Solo diré uno por razones que todos comprenderán. Francisco Puigdemont, abuelo del presidente de la Generalidad, era pastelero en Amer, que era territorio republicano en 1938. Él había ofrecido refugio en casa a tres enemigos de la República, dos curas y un militar jubilado a quien sorprendió el 18 de julio de vacaciones en la Costa Brava. L’avi Puigdemont recibió el recado de que la Generalidad le iba a llamar a filas y el hombre entregó a su mujer dos cartas simuladas, pretendidamente escritas desde el frente, contactó con la Blanca del Carbonell, una conocedora de las rutas de pastores y se fugó: un desertor.

En Francia lo detuvo la Policía y le dio a elegir entre volver a Cataluña o ir a la España franquista. El pidió ir a Irún, a la zona nacional. Después de pasar por Pamplona y a Ubrique, un amigo lo enchufó en el Penal de Burgos. El se encargaba de suministrar la comida para los presos rojos y allí estuvo hasta el final de la guerra, ganando un buen sueldo. Estaba tan contento que llamó a su mujer para preguntar por qué no se iban todos con él.

No pudo ser y fue una lástima. Tal vez a estas horas, su nieto, en vez de ser jefe de la sedición catalana podría ser canónigo de la Catedral de Burgos. No es probable que fuera más inteligente, pero sí más inocuo, lo cual sería un gran consuelo para nuestras almas atribuladas en esta incierta hora de España.

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Desde Ermua a Bayona

Participación en la mesa redonda de ayer en el Teatro Real

Tal día como hoy, a esta misma hora, se desarrollaba hace 20 años en Bilbao la mayor manifestación contra ETA en la que yo hubiera participado nunca. Dos días antes, la banda terrorista había secuestrado a un concejal del PP en Ermua llamado Miguel Ángel Blanco Garrido. Tenía 29 años, era licenciado en Ciencias Económicas y trabajaba en una empresa de Eibar llamada Eman Consulting.

Es un lugar común que las personas fijamos con un pegamento especial en la memoria los acontecimientos que nos han producido un impacto especial, que nos han parecido trascendentes. Yo era un niño cuando se produjo el asesinato de Kennedy y cito este magnicidio porque todos los que teníamos memoria entonces recordamos qué estábamos haciendo exactamente en el momento de recibir la noticia.

El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue el asesinato de Kennedy para la democracia española, aunque él fuera un simple concejal de pueblo. Todos nos acordamos de lo que hacíamos al enterarnos de su secuestro la tarde del 10 de julio. Aquella acción terrorista traía causa de la brillante operación de la Guardia Civil en la que rescató a José Antonio Ortega Lara diez días antes, después de 532 días de cautiverio y en la que detuvo a sus secuestradores.

No había costumbre. La liberación de Ortega Lara fue un golpe insoportable para ETA y su brazo político Herri Batasuna. La amenaza fue proferida por el entonces portavoz de HB, Floren Aoiz el mismo 1 de julio: “después de la borrachera viene la resaca” y la resaca fue el secuestro de Miguel Ángel. Aquello, se ha dicho muchas veces estos días, fue un asesinato a cámara lenta, no tenía otra finalidad que su sacrificio. Aquella misma tarde del 10 de julio ETA hizo público un comunicado en el que puso al Gobierno la condición de acercar los presos etarras al País Vasco en un plazo de 48 horas. Era un imposible. El secuestro del funcionario de prisiones había ido acompañado de la misma reivindicación y 532 días no fueron suficientes para conseguir el objetivo de los terroristas. Reduzcamos al absurdo la exigencia. La reivindicación recordaba la grotesca condición que el Frente Popular de Judea barajaba al planear el secuestro de la mujer de Poncio Pilato en ‘La vida de Brian’: Dar un plazo de 48 horas para desmantelar el imperio romano.

Lo iban a matar y casi todos los percibíamos así, aunque también nos agarrábamos a cualquier motivo de esperanza durante aquellos dos días. Aquella mañana de hace 20 años, en aquella manifestación extraordinaria de Bilbao pasaron algunas cosas notables, la primera de las cuales fue la inmensa participación popular. Quizá la más relevante fuera la ruptura del silencio que había sido norma obligada en todas las protestas contra ETA que se habían sucedido hasta entonces. Los manifestantes no callaban y coreaban sin cesar el nombre del secuestrado y la exigencia de libertad. Libertad para Miguel Ángel, la misma reivindicación que hacíamos para nosotros mismos.

El tiempo se paró en nuestras conciencias durante aquellas 48 horas. Debo confesar que la manifestación de Bilbao me hizo albergar la esperanza de que ETA tomaría nota de aquello y desistiera de sus planes. No hubo tal y los terroristas cumplieron su amenaza en el tiempo previsto. El hallazgo de su cuerpo exangüe a las cinco menos diez de la tarde en las afueras de Lasarte fue el comienzo de una extraordinaria catarsis en Ermua, en Euskadi y el España los días siguientes. Nunca se había visto a tantas personas adultas llorando tan desconsoladamente. Nunca se había visto aflorar el miedo a la cara de los cómplices morales de los asesinos. Aquello se llamó ‘el espíritu de Ermua’ y tal como tengo dicho fue una experiencia emocionante, pero pasajera.

La pasión y muerte de Miguel Ángel Blanco, que acuñó el jesuita Tamayo removió en mi opinión el subconsciente religioso de la sociedad española, de los creyentes y los no creyentes. Su martirio guarda una analogía con la pasión y muerte de Cristo: fue prendido un jueves y ejecutado un sábado y su calvario fue acompañado por dos mujeres dolientes que nos conmovieron a todos: su hermana, Marimar Blanco y su novia, Marimar Díaz, trasuntos de María y María Magdalena, que velaron la agonía de Jesús a los pies de la cruz.

El miedo no fue privativo aquellos días de los batasunos. Afectó a toda la familia nacionalista. Como dije en la Universidad Menendez Pelayo en Santander la semana pasada, la voz de alarma fue dada por el ex lehendakari Carlos Garaikoetxea tras la manifestación de Bilbao: “Si no nos espabilamos se va a desatar una marea españolista que nos va a barrer a todos”.

Y se espabilaron. No es cierto que hubiera un antes y un después o que el asesinato de Miguel Ángel fuera el elemento clave del ocaso de ETA. Como dije la semana pasada los nacionalistas incruentos se aplicaron a que el después fuese lo más parecido posible al ‘antes’. Un año después del crimen, el PNV y EA se radicalizan.

El lehendakari Ardanza es sustituido por Ibarretxe, el PNV rompe el pacto de Gobierno que mantenía con los socialistas vascos desde diez años antes (con un paréntesis de ocho meses) y los dos partidos citados entablan una negociación, no ya con Herri Batasuna, sino con la propia ETA en el verano de 1998, en el pacto más inicuo que ninguna fuerza política haya suscrito nunca en España. Un año después del asesinato de Miguel Ángel.

Los terroristas impusieron al PNV y a EA el compromiso de crear una institución común para Euskadi y el País Vasco-francés. También les impuso la condición de romper todo acuerdo con las fuerzas “cuyo objetivo es la destrucción de Euskal Herria y la construcción de España (PP y PSOE)”.

El 12 de septiembre de 1998 los partidos, sindicatos y organizaciones sociales nacionalista firman el Pacto de Lizarra y ETA responde con una tregua “unilateral e indefinida” que anunció el 16 de septiembre de 1998 y que mantuvo hasta el 28 de noviembre, fecha en la que anuncia el fin de la misma para cinco días más tarde.

El espíritu de Ermua se fue desvaneciendo con el paso de los meses. Las manifestaciones volvieron a ser silenciosas. Tres meses después ETA asesinaba al ertzaina Txema Agirre en víspera de la inauguración del Museo Guggenheim. La manifestación volvió a ser una protesta silenciosa. Y los dirigentes nacionalistas se jactaban de que “se notaba que en esta manifestación solo había gente de Bilbao”. Los de aquí y los que no son de aquí, el diputado jeltzale Carlos Caballero lo expresó de manera brutal: las ratas de Ermua. Aún faltaban 14 años y 76 asesinatos para el cese del terrorismo el 25 de octubre de 2011.

Desde entonces pasaron cinco años y medio para el paripé de entrega de las armas que organizaron en Bayona ETA y los llamados verificadores internacionales. En realidad, tal como describió el viernes pasado en Santander la juez Laurence Le Vert, la expresión más eficaz de la colaboración francesa en la lucha contra ETA, aquello fue una pantomima y las armas se están devolviendo con cuentagotas.

Era casualidad que ese mismo viernes, el diario Deia publicara una entusiasmada información según la cual los verificadores internacionales, Manikkalingam y compañía echan el cierre después de constatar el desarme total de ETA. Como recordarán ustedes, y si no para eso estamos la primera performance ejecutada por los verificadores internacionales con la banda terrorista, tuvo un desarrollo grotesco, la juez Le Vert, el azote francés de los terroristas, encarnaba el drama, mientras los verificadores, siguiendo la conocida apreciación de Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, representaron la farsa.

Al principio de 2014, Manikkalingam y los suyos habían protagonizado un episodio grotesco, en el que, más que de verificadores, hicieron de notarios. No dieron fe de los hechos, sino de lo que sobre los mismos les contaban unos comparecientes, que ni siquiera acreditaron su identidad, porque iban encapuchados. Recuerden  aquel primer y patético episodio del desarme, en el que Manikkalingam y los suyos fueron conducidos con los ojos vendados a una casa que no sabían donde estaba, los encapuchados les enseñaron unas pistolas en una caja de  cartón que sellaron con cinta de embalar y se la volvieron a llevar. Eso fue todo, un pequeño ensayo para la representación final de Bayona el pasado 8 de abril.

A quien creer, a Ram Manikkalingam o la juez Laurence Le Vert. Voy a poner un ejemplo práctico de entrega de las armas que viene al caso que hoy tratamos. El domingo, el diario ABC publicaba una información de Pablo Muñoz sobre los 20 años de Miguel Ángel. En ella contaba que la pistola Beretta de calibre 22 con la que Txapote asesinó a Miguel Ángel no ha sido encontrada. El 38% de los 858 asesinatos cometidos por la banda desde los años sesenta están sin esclarecer policial y judicialmente, los terroristas no se han arrepentido de sus crímenes, no han colaborado con las fuerzas policiales para aclarar tantos asesinatos, ni han anunciado su disolución.

Sobre la vigencia del espíritu de Ermua cabe echar un vistazo a la actualidad. La alcaldesa de Madrid no ha tenido a bien poner en estas fechas una pancarta conmemorativa del asesinato de Miguel Ángel. “No tiene sentido porque supondría menospreciar a unas víctimas respecto a otras”, ha dicho con una epistemología que se corresponde con su altura moral. Alcaldesa, alma de cántaro, ¿no es usted capaz de entender lo que le respondió Marimar Blanco, que homenajear a su hermano es homenajear a todas las víctimas?

El pasado mes de enero, al cumplirse 40 años del asesinato de los abogados de Atocha, usted participó en el descubrimiento de una placa que en su honor se puso en el Colegio de Abogados de Madrid. ¿No pensó usted que aquella placa menospreciaba a Arturo González, asesinado aquellos días por un pistolero de ultraderecha y a Mariluz Nájera que murió por el impacto de un bote de humo en su cabeza?

Desde el 30 de junio de 2002 hay una escultura que recuerda a aquellas víctimas. Sin desprecio de ninguna otra. Fue una iniciativa de CCOO que aceptó un ayuntamiento de Madrid presidido entonces por un alcalde democrático. Unos días antes, parecido sectarismo llevó a los concejales socialistas de Bilbao a rechazar un homenaje a Miguel Angel Blanco con el mismo pretexto que después dio Manuela Carmena. Lo mismo hicieron concejales socialistas de otras ciudades gaditanas.

Los concejales socialistas de Lasarte, el puebo donde lo mataron, se abstuvieron junto al PNV y Podemos ante la propuesta del solitario concejal del PP de homenajear a Miguel Ángel, permitiendo que la iniciativa fuese derrotada por los votos en contra de Bildu. Esto no es de extrañar. El 14 de febrero pasado esos mismos socialistas ya se abstuvieron ante la propuesta de condenar el asesinato de Froilán Elespe en 2001. Era el teniente de alcalde socialista de Lasarte, uno de los suyos. Qué decir, en fin, de la imposibilidad de que el Congreso de los Diputados aprobara una declaración institucional de reconocimiento a Miguel Angel, por la oposición de EHBildu y el PNV.

El sectarismo se ha impuesto al espíritu de Ermua. Yo recuerdo en los años duros, poco después del asesinato de Miguel Ángel, a un socialista vasco llamado Javier Rojo. En un debate televisivo le preguntaron por el entendimiento que en aquellos años se daba entre su partido y el PP. Y respondió: “En los campos de exterminio nazi no se preguntaba a ningún judío si era de derechas o de izquierdas”.

Decía antes que a estas horas hace 20 años , Bilbao era un clamor que atronaba sus calles con dos gritos predominantes: Miguel Angel y Libertad. Exigíamos libertad para el secuestrado y también la reclámabamos para todos nosotros, porque hoy, 20 años después, libertad sigue siendo la palabra clave.

 

 

 

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