Esto es Burgos y aquí no pasó nada. Cosas de la memoria histórica

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A Andrés Trapiello, que comprende y comparte mi obsesión por estas cosas

El pasado 15 de agosto pasé por Burgos, mi ciudad natal, camino de Covarrubias, mi pueblo, donde tengo una cita anual con mis amigos de siempre. Hice un alto para dar un paseo por sus calles y al llegar a la plaza de Alonso Martínez, también llamada de Capitanía, en la que tuve casa, me encontré con que el edificio que yo conocí siempre como ‘Capitanía General’ ha cambiado, y no sólo de uso y denominación. (Véase el edificio en la tercera foto).

Capitanía General de BurgosEn el año 2010, siendo ministra de Defensa Carme Chacón i Piqueras o Carmen Chacón de Olula (tácherse lo que no proceda, se había levantado una placa conmemorativas de dos hechos históricos relevantes: que el general Mola tuvo el edificio como cuartel general para la campaña del norte y el hecho de que entre sus paredes se proclamó Jefe del Estado a Franco el 1 de octubre de 1936. El texto de la placa era el siguiente:

“En este palacio, el 1º de octubre de 1936, recibió el Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde, nombrado Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos Nacionales los poderes y suprema autoridad de la Nación, que le entregó ante el pueblo de Burgos y delegaciones de la España liberada el Excmo. Sr. General D. Miguel Cabanellas, presidente de la Junta de Defensa Nacional, representante del patriótico alzamiento de 18 de julio de aquel año.”

La memoria histórica era esto. La negación de los hechos: Eso aquí nunca pasó. Aunque se trate del hecho histórico más relevante en el siglo y medio de historia del edificio. En la placa de la derecha, tal vez debió añadirse algún otro recordatorio. Por ejemplo: “En este palacio, siendo Cuartel de la Sexta División Orgánica, ejerció el mando el capitán general Domingo Batet Mestres. El 18 de julio de 1936, algunos de sus oficiales irrumpieron en su despacho y le exigieron que se sumara a la rebelión. Él se negó y fue detenido. Condenado a muerte por auxilio a la rebelión (sic) fue fusilado siete meses más tarde, el 18 de febrero de 1937 en el campo de tiro Vista Alegre, de Burgos”.

BatetBatet había sido capitán general de Cataluña el 6 de octubre de 1934, día en que Companys proclamó el Estat Català. Redujo a los sediciosos en pocas horas, tal como cuenta Enrique de Angulo en su minuciosa crónica ‘Diez horas de Estat Català’. Al día siguiente, Batet hizo esta alocución ente los micrófonos de Radio Barcelona. Los meses transcurridos entre su detención, juicio y fusilamiento, se deben seguramente al gran prestigio del general Batet entre sus compañeros de armas. Mola, Queipo de Llano y el mismísimo general Cabanellas pidieron a Franco que lo indultara. Pero Franquito era muy rencorosito y tenía clavado el juicio lapidario que Batet había escrito sobre él 15 años antes en el ‘Expediente Picasso’, en el que, como juez militar, analizó el comportamiento de los militares españoles en el desastre de Annual:

«El comandante Franco, del Tercio, tan traído y llevado por su valor, tiene poco de militar, no siente satisfacción de estar con sus soldados, pues se pasó cuatro meses en la plaza para curarse de enfermedad voluntaria, que muy bien pudiera haberlo hecho en el campo, explotando vergonzosa y descaradamente una enfermedad que no le impedía estar todo el día en bares y círculos. Oficial como éste que pide la laureada y no se le concede, cuando con tanta facilidad se ha dado, porque sólo realizó el cumplimiento de su deber, ya está militarmente calificado».

Pocos días antes de su fusilamiento escribió su última carta a sus hijos, en la que les encarecía:

«Sed buenos ciudadanos y cumplid siempre con vuestro deber cualquiera que sean las circunstancias que os depare el destino. Las naciones sufren mucho por no cumplirse sus leyes y el mal es mucho mayor cuando faltan a ellas los propios gobernantes ( ). Son momentos de pasión en que se desatan los instintos perversos la justicia huye espantada, no actúa y se viste de luto Pero ella actuará. Os bendice y abraza vuestro padre, Domingo».

Sus restos permanecen en una modesta tumba en el cementerio de Tarragona, la ciudad en la que nació. La democracia española nunca ha homenajeado a tan gran personaje. El socialismo en el Gobierno sí rindió homenaje al golpista Companys el 15 de octubre de 2006, en el 65 aniversario de su fusilamiento, tras su entrega por la Gestapo a Franco.  A los actos de Montjuic asistieron la vicepresidenta Fernández de la Vega, el president Mas y, naturalmente, el ex president Pujol.

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Películas francamente sobrevaloradas (8)

CARTEL CRASH

CRASH (Paul Haggis, 2004)
Por Navarth

“Todo es modélico en ‘Crash': el guión, la forma de desarrollarlo y otorgar lógica a esas complicadas historias paralelas (…) la mejor película del año”. Carlos Boyero: Diario El Mundo.

“Esta es una de esas raras películas americanas que van realmente sobre algo”. Stephen Hunter: The Washington Post.

“¿Ah sí?”. Profesor Navarth: Universidad de Miskatonic (Arkham).

Ciudad: Los Angeles. Época: actual. Contemplamos los caminos de los protagonistas, que al entrecruzarse van tejiendo un abigarrado tapiz de la ciudad. Las historias comienzan, se interrumpen, reaparecen dentro de otras, tal vez porque la verdad completa no se encuentra en un sueño, sino en muchos sueños. Este es, pues, un formato similar al de las mil y una noches, y convierte a L.A. en una nueva Bagdad. Y quizás inducido inconscientemente por esta semejanza con una ciudad mágica el director no se ha sentido constreñido por la verosimilitud: si bien no ha incluido alfombras voladoras en la película, ha presentado a unos personajes extremos inmersos en situaciones desaforadas (o en interpretaciones desaforadas de situaciones más o menos normales). De estas muestras tan marginales las conclusiones que podrán extraerse de la vida en Los Angeles serán, necesariamente, poco representativas de la realidad.

Esta es una película sobre racismo. Los personajes interactúan deficientemente por culpa de sus prejuicios, y en sus trayectorias por la ciudad colisionan como las bolas de billar al desplazarse sobre la mesa. Permítanme contarle alguna de las historias que se entreveran para que se hagan una idea.

Hay una mujer blanca y rica (Sandra Bullock). Es despótica con su sirvienta latinoamericana, y el robo de su coche por unos atracadores negros parece haberle revelado (no se sabe por qué) la esencial falsedad de su modo de vida. Abrumada por la sobrevenida tensión existencial se cae tontamente por las escaleras de su casa, y permanece un buen rato sin ser auxiliada porque su mejor amiga (que obviamente también es blanca y rica) se niega a posponer su sesión de masaje para acudir en su ayuda. Descubre de este modo que la única persona en la que puede confiar es la mucama latina, y acaba abrazándola en una escena que produce vergüenza ajena al espectador, a la propia fámula y posiblemente incluso al director, que pasa apresuradamente y de puntillas por ella.

Hay un iraní, propietario de una tienda que ha sufrido varios robos a través de una puerta que no cierra correctamente. En vista de ello emprende dos acciones: comprar una pistola y llamar a un cerrajero para que arregle el acceso a la tienda. El cerrajero, ante la insistencia del dueño, cambia el cerrojo, pero le asegura que no servirá de nada si no cambia o arregla la puerta. Ante esto, el iraní acomete nuevas acciones: le echa con cajas destempladas, no le paga, y no arregla la puerta. Como resultado, al día siguiente descubre que le han desvalijado y destrozado la tienda. Al reclamar al seguro, el agente se desentiende por su negligencia al no haber cambiado la puerta. El iraní, que parece completamente incapaz de seguir los razonamientos más elementales, coge la pistola y va a matar al cerrajero, disparando finalmente sobre la hija de éste.

Hay un policía blanco racista y matón (Matt Dillon), que detiene y humilla a un conductor negro haciéndole presenciar cómo somete a un cacheo/magreo a su mujer. Su compañero, que ha contemplado asqueado la escena, exigirá a sus jefes que lo aparten del policía brutal, y acabará salvando al marido humillado cuando al día siguiente, recobrado a destiempo el orgullo, se enfrente con otros dos policías.

Hay un inspector de policía negro (Don Cheadle); tiene un hermano delincuente y para protegerlo se deja corromper por el marido de Sandra Bullock en su ascenso hacia la Fiscalía General. Hay un par de atracadores negros. Hay un chino que trafica con seres humanos al que los anteriores le roban la furgoneta… Insisto tanto en las diferencias raciales porque parecen ser esenciales en la película.

Pero lo más llamativo es que todos los personajes son capaces de lo peor y lo mejor. El negro atracador 1 roba y atropella al chino (mal), pero renuncia a lucrarse con los esclavos hallados en la furgoneta de éste y los libera (bien) El policía malo mete mano a una mujer para humillar a su marido negro (mal), pero después arriesga su vida para salvarla de un coche en llamas (bien). El policía bueno se enfada por la actuación del policía malo (bien), y luego salva al negro vejado (bien), pero mas tarde, inopinadamente, le pega un tiro a un autoestopista negro (el hermano de Don Cheadle) cuando éste va a sacar del bolsillo una imagen de San Cristóbal (lo juro) (mal). La mujer rica es déspota y malcriada (mal), pero luego acaba recapacitando y abrazando a la sirvienta latina (¿bien?) Más complicada es la redención del iraní. Es cierto que al final recobra la serenidad y la sonrisa, pero no porque se haya dado cuenta de lo atroz de sus actos sino porque, como es idiota, se ha convencido de que la niña a la que ha disparado, y que ha salvado la vida por los pelos, es en realidad un genio enviado para protegerlo.

Es evidente que con este esquema repetitivo el director intenta transmitirnos algo, pero ¿qué es? Si en “Crash” las mismas personas cometen actos muy buenos y muy malos sin solución de continuidad, quizás sea porque lo que genera la bondad o maldad es ajeno a ellas. El ambiente. Zimbardo nos enseñó que basta con disfrazarnos de carceleros para que nos sintamos compelidos a torturar. Tal vez en este caso son los prejuicios raciales en una ciudad deshumanizada los que sacan lo peor de nosotros. Puede ser (aunque esto no explica lo del iraní). El problema es que los sincopados y desaforados sucesos que el director narra son una muestra absolutamente sesgada, y difícilmente se podrá derivar de ellos conclusiones generales.

Crash cosechó tres Oscar (mejor película, mejor guión original, y mejor montaje) de un total de nueve nominaciones. Parece que, a pesar de sus carencias, conectó bien con las corrientes de opinión imperantes (una puede ser ésta: no existe el mal sino la falta de diálogo; si llegamos a conocernos nos amaremos) Creo, no obstante, que el tiempo la tratará cruelmente, cuando estas corrientes hayan desaparecido y los espectadores no estén sometidos a su influjo.

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Películas francamente sobrevaloradas (7)

El Piano

CHI VA PIANO, VA A NUEVA ZELANDA Por Lindo Gatito

Confío en que no me improperen en demasía por lo que les voy a contar/confesar, que quizá sea pecado de alguna manera, o impropio, o desvergonzado, no lo sé bien.
El caso es que les voy a poner a parir una película que NO HE VISTO. Así, como lo leen. ¿Qué cómo me atrevo a tanto? Mis razones tengo. A veces, pocas, no hay que incurrir en la descortesía de ver tal película, leer tal libro o tal artículo, para saber que el producto va a ser lamentable. Bastan, a veces, pocas pistas. En otros casos hay que recabar opiniones para cerciorarse de que uno está en el buen camino y que la intuición en ocasiones atina y le libra a uno de pérdidas de tiempo o de cabreos insanos.

¿De qué película se trata? De «El Piano», de Jane Campion. En mi caso el Satori lo tuve al ver el tráiler y decirme automáticamente: “¡Lagarto, lagarto! Aquí hay rata encerrada”. Me hice entonces un juramento in pectore: “NO VERÉ ESTA COSA”. Hasta hoy, lo he cumplido. Pero, claro, tampoco es que estuviese tan ayuno de información acerca de esa cosilla de la Campion, que resultó tan laureada y aclamada (También me juré no ver la tercera parte de “El señor de los anillos” de Peter Jackson, hastiado de las dos primeras, y ya ven… 11 Óscar, empatando de nuevo con el Ben-Hur de Wyler, ¡anda ya…!). Leí y oí críticas y comentarios, amigos de los que me fío me ratificaron en mis preimpresiones (otros no, me instaron a verla… con el tiempo esas relaciones se han enfriado), etc. Y nada, que seguí obstinándome en no asistir a ese tierno espectáculo de la pobre y desamparada sordomudita que, viuda y con una hija, se traslada a Nueva Zelanda donde se ha casado por poderes con un rico hacendado. Pero es que además de la niña, la mujer se empeña en llevarse un piano, que ella toca con mucha sensibilidad. Sobre que una sordomuda de nacimiento haya aprendido a tocar el piano al parecer no se da mucha información. Aprender mecanografía, pase… pero el piano… dejémoslo ahí.

El caso es que su marido se queda de piedra al ver el bagaje de su esposa. Esperaba a la niña, seguro que un grupo de baúles. Pero un piano ¿qué pinta en una granja? Pues se queda en la playa, adonde va la pobre mujer a tocarlo de vez en cuando para no perder mano (que no oído), hasta que descubre el panorama un rudo vecino que llega a un pacto con ella. Él le guardará el instrumento, para que no lo destroce el salitre y le dejará tocarlo. Él también quiere tocar algo, pero no es el piano, precisamente. El tipo es un ser primario y zafio que sólo quiere una cosa de ella, ya-saben-ustedes-qué, y ella acepta porque necesita música, mucha música.

Ah, pero como todo el mundo sabe, la música amansa a las fieras y las sensibles notas que la chica arranca al teclado van a hacer mella en el testosteronado personaje hasta despertar en él ternuras insospechadas y pasa de lo carnal a lo espiritual en un rito iniciático sublime. Ya.

C on el tiempo tuve una ratificación extraordinaria por parte de un cineasta que me gusta mucho, el director norteamericano Tom di Cillo, que en su excelente “Una rubia auténtica” (no se dejen engañar por el título; es una comedia deslumbrante y corrosiva sobre el mundillo del cine y sus innumerables miserias) tiene una secuencia memorable y divertidísima donde se le da a la Campion y su película un repaso considerable. Lo siento, pero va spoiler (lo necesito como argumento de autoridad).

En una cena de la pareja protagonista (Matthew Modine y Katherine Keener) con un matrimonio odiosísimo (él un pintor de éxito, lleno de piercings. Di Cillo odia los piercings… otro punto de contacto) se suscita una conversación por una mención ocasional sobre la película de marras: «—Creo que no nos hemos visto desde fuimos a ver “El piano” —dice la chica del aspirante a actor que está hasta las trancas de acudir a castings humillantes—.» «—¡Oh, dios mío, me encantó esa película… ¿no te pareció magnífica? —le dice la mujer del pintor al pintor, haciéndole arrumacos.» «—¡Oh, sí… una pasada de peli; de las mejores! —contesta el artista, besuqueando a su rubia.» «—¡Eh, esa peli es una mierda! —dice el actor sin trabajo, provocando la carcajada cómplice pero un poco nerviosa de su novia.» «—¿Bromeas? —le dice la rubia, que se ha puesto muy seria. El pintor también.» «—¡No, no bromeo! ¡Vamos, no es más que una ridícula historia de amor! La típica chica espiritual y sensiblera que abandona a su estricto marido por el hombre de sus sueños, un masculino pero sensible nativo, con pendientes y tatuajes (Di Cillo’s touch…).» «—Perdona, Joe, pero… creo que no te enteraste de qué iba la película.» «—¡Oh! Vaya, ¿de qué iba?» «—Pueeees… trataba de muchas cosas. Trataba del valooor, la libertaaad… Trataba del incondicional y sin restricciones amor primario.» «—Sí, así es —ratifica el pintor—. Chico, no te enteraste. Además, estuvo en las listas de las películas más vistas del país.» «—¡Y eso qué! ¿Qué van a hacer eso dos el resto de su vida? ¿Quedarse pasmados contemplándose el uno al otro cariñosos e incondicionales? ¿Creéis que discutirán de verdad como hace la gente normal? ¿Creéis que ella le dirá a él alguna vez: “Eh, Kimba, me encanta tu sensibilidad masculina, ¿pero no crees que alguna vez podrías acordarte de levantar el asiento del váter cuando hagas pis”?» «—Estoy totalmente de acuerdo contigo. A mi novio le gustaba esa película y rompí con él —interviene una camarera que pasaba por allí.»

El resto de la secuencia es, como diría Michaleen Flynn, «Homérica». En TODO el restaurante se produce una auténtica catarsis. Todo el mundo es presa de una disputa acalorada, con partidarios y detractores de la peliculilla rescatamaoríes. En una mesa de chicas punkies una de ellas comenta: «La niña pequeña me ponía de los nervios. Si tuviera una hija así la estrangularía». Y se ve a la legua de qué parte está Tom di Cillo, que es mil veces mejor director que Jane Campion.

En fin, que dicen que está la música de Michael Nyman por medio. Esa sí la he oído, imposible sustraerse a ello. Y, bueno, psché, no está mal, pero si esos arpegios doman a la fiera, ¿qué habrían hecho estos de Beethoven (a partir del minuto 2), o estos otros de Gluck?

O sea que, menos lobos. Y menos bluffs con el cine, medio donde tan fácil es dar rata por liebre.

NOTA BENE:
Habrán advertido que he obviado, en los dichos comunes, las alusiones felinas.

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Películas francamente sobrevaloradas (6)

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La Noche Americana. La impostada mirada del eterno adolescente

Por Artanis

François Truffaut, cuando fue crítico, se empecinó en despreciar un cierto cine inglés. Claro que también, como casi todo el clan de la Nouvelle Vague, un cierto tipo de cine francés: un cine academicista. Para ellos, clásico en el peor sentido, previsible, con aspiraciones. Claro que de aspiraciones tampoco ellos carecían, como el tiempo vino a demostrar, aunque con senderos francamente divergentes.

Parte del cine de David Lean era buen ejemplo de esa clase de películas que el joven crítico despreciaba. Decía que “El Puente Sobre El Río Kwai” era un film planteado para ganar Oscars. Oye, y funcionaba. Puede que eso fuera lo que más molestaba a François, quién -como pronto veremos- también persiguió su estatuilla.

Truffaut bien hubiera podido cubrirse en la coartada de que tantos grandes no recibieron el muñeco. Hitchcock, claro. En vez de óscar, François le y nos regaló una de las biblias del cinéfilo, “El Cine según Hitchcock”, libro imprescindible y accesible incluso para los que no deseen profundizar en el propio objeto de estudio, ya que toca elementos de la comunicación, la imagen y la dramaturgia que aún hoy nos atañen. Truffaut, declaraba su amor a un Hollywood clásico que sí le conmovía y del cual afirmaba, por ende, que le había salvado. Ahí está el testimonio de “Los 400 Golpes”, su herida infancia y su parcial remisión y enmienda a través del Arte. Esa fue su gran primera declaración -de universal difusión- de amor al cine. O a un cine. O al cine que a él le emocionaba.

Porque Truffaut habló bien en ocasiones -y en otras con severas imperfecciones, de entre las peores, la autoindulgencia- de la Mujer, la Infancia, el Cine…

En un momento dado, François debió comprender que era el momento de la cosecha. Tras ser admirado en Hollywood, tras haber caminado el sendero de las coproducciones y haber bebido de fuentes literarias norteamericanas, tras ir incorporando a colaboradores del otro lado del charco en su obra, sabe que es el momento de recoger lo sembrado y crea una declaración de amor, “La Noche Americana” (La Nuit Americaine/Night For Day). Una película que ya lleva el truco en el título, un retrato irreal, edulcorado, digerible de lo que algunos suponen, un rodaje… Un film que a los cinéfilos, nos apasiona cual primer amor a los 15 años.

Y hay quién se queda ahí y hay quien evoluciona, involuciona, se transforma o se corrompe… como quieran. Y ese primer amor deviene en onanismo irreflexivo. Placentero, pero irreflexivo. Estereotipado… el actor, la actriz, el productor, la maquiladora, el atrezzista, el cascadeur, el compositor… Los egos. Ah y el mayor de todos… el del Director

Jean-Luc Godard , para muchos, es Dios (yo me declararía ateo en ese caso, a pesar de haber disfrutado de algunas de sus ardientes zarzas). Y la tensa relación entre ambos terminó de romperse cuando Jean-Luc llamó falsario a François, ante el retrato que el propio Truffaut ejecutaba delante de la cámara, encarnando a un director elevado, cuasipantocrator , omnisciente, y -por lo tanto- acartonado personaje. Ve, decide, juzga, escucha (cuando quiere, ya que le caracteriza un sonotone que usa para aislarse) y aún así, el retrato rehúye excesivos maquiavelismos (no como aquel delirante Peter O’Toole de “Profesión: Especialista”). Mantiene una bonhomía que hartó a Jean-Luc, quién dijo que sí, que muy bonito, pero que era vox populi la seducción del director a Jackie Bissett (¿quién le culparía?/¿no sería al revés?). O sea, que se dejara de pontificar y de sentirse por encima, cuando era obvio que los ojos de Jackie tiran más que… Claro que François tenía historial en lo de seducir primeras actrices. Y Godard no se quedaba atrás como tipo difícil y las lágrimas de Anna Karina en algún programa televisivo en directo lo demuestran. La ruptura definitiva entre ambos -estética y conceptual ya, mucho antes- quedó en evidencia. “Menos lobos”, dijo Jean-Luc, como sea que se diga en gabacho…

Y los cinéfilos peterpánicos, siguen mirando el mundo de “La Noche Americana”, creyendo que es tal que así. Siempre les digo -por joder, más que nada- que cuando alguien quiera saber cómo es un rodaje, mejor eche mano de “State & Main” del gran David Mamet, hoy mal visto porque dicen que se ha vuelto de derechas.

Un rodaje tiene mucho más de lo narrado por Mamet que de lo narrado por Truffaut. Un rodaje es el desembarco de un rebaño de hijosdeputa, egoístas “one track-minded” y autocomplacientes, que volverán cualquier pueblo y cualquier vida, boca abajo por lograr el plano que desean.

O, ni eso. Muchas veces, el plano que les sirva y que puede que termine en la papelera -virtual, ahora- de la sala de montaje.

 

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Ayer, en Ribadesella, Libres e Iguales

Ribadesella3De izquierda a derecha: Chema Larrea, Cayetana Álvarez de Toledo, myself e Isabel Benjumea

Mañana se cumple un mes de la presentación en Madrid del manifiesto Libres e Iguales. Cayetana Alvarez de Toledo ejerció de portavoz de medio centenar de profesionales dedicados a actividades diversas, intelectuales, empresarios, periodistas y algunas otras gentes de mal vivir que nos habíamos conjurado en torno a la declaración de principios que comentamos. ¿Y qué decía este manifiesto? Pues en apenas folio y medio explicaba el catón de la convivencia democrática que reside en un par de ideas muy sencillas, a saber: que la ley es el fundamento de la democracia y que la soberanía nacional es un concepto que afecta a la nación en su conjunto y no se puede compartimentar. Como diría el legendario sargento a sus reclutas: son ideas que caen por la ley de la gravedad. Aunque sí no daría lo mismo, porque caerían por su propio peso.

También decía que España vive en estos momentos una situación preocupante. El gobernante de una de sus Comunidades Autónomas ha decidido ignorar esos dos principios. Ha convocado un referéndum sin tener atribuciones legales para ello. ¿Y para qué? Para que los ciudadanos residentes en su comunidad, Cataluña, rompan unilateralmente los lazos de convivencia que les unen a la nación española.

Aquel día, antes de la lectura del manifiesto hubo un briefing con periodistas. Uno de ellos, corresponsal de un medio catalán, insistía en la pregunta de por qué presentábamos esa iniciativa en Madrid. Consideraba que, en todo caso, algo así habría que hacerlo en Cataluña y por gente de Cataluña.

Ese era precisamente el quid de la cuestión que aquel muchacho no entendía. Se trataba de que los firmantes, ciudadanos españoles, reivindicábamos un derecho de propiedad sobre nuestra soberanía que el secesionismo catalán quería privatizarse.

Privatizarse lo público es una actitud muy perseverante en los nacionalismos. El pasado 25 de julio, una noticia alteró todas las redacciones: Jordi Pujol confesó que había venido defraudando a Hacienda durante los últimos 34 años, periodo en que están comprendidos los 23 años en los que este bergante presidió la Generalidad de Cataluña. Naturalmente también aquellos broncos tiempos en los que sacó a la calle a 200.000 partidarios para defender el honor de Cataluña agredido por España. Se trataba solamente de que la Fiscalía tenía interés en conocer las trapacerías perpetradas por el padre de la moderna Cataluña al frente de Banca Catalana.

A mí me pareció un hermoso lance de justicia poética. El 25 de julio es, como se sabe, la festividad de Santiago Apóstol, también llamado el Mayor, patrón de España y para más abundar, mi santo. Lo primero que hice fue llamar a Albert Boadella, uno de los primeros firmantes del manifiesto Libres e Iguales. Él fue el primero que supo verlo y diagnosticarlo. Recordé el estreno de ‘Ubu, president’, portentosa adaptación de Alfred Jarry a la Cataluña de Pujol, y me vino a la cabeza la frase inicial de la obra de Jarry: “la acción que va a comenzar se desarrolla en Polonia, es decir, en ninguna parte”.

En Polonia, ¿comprenden? Qué venturosa coincidencia. Me venían a la cabeza aquellos niños traviesos, vestidos de marineritos, según yo los recuerdo, arrastrando de una parte a otra del escenario del Teatro Arriaga, una maleta llena de billetes. Me pareció muy divertido, pero en rigor creí que se trataba de la licencia de un cómico.

Y resultó que no, que era puro neorrealismo. Hay que joderse. Neorrealismo español, como el que reflejaban algunas películas de Ladislao Vajda, porque llegados a este punto quisiera hacer una afirmación sustancial: nada hay tan español como un nacionalista periférico. Mario Onaindía contaba que no era casual que de todos los personajes que desfilan por El Quijote fuera el vizcaíno el único que se tomaba en serio la locura imperial del protagonista. Todos le seguían la corriente para burlarse de él: lo manteaban, lo apedreaban y apaleaban, lo subían a un caballo de madera explosivo, era objeto de burlas por un ventero pícaro y un par de putas que le armaron caballero. Todos, menos el vizcaíno Sancho de Azpeitia, dispuesto a matar a todo el mundo empezando por su ama, si se ponía en juicio su hidalguía y su nobleza originaria. Ustedes me entienden.

El ‘yo confieso’ de Pujol en el día de Santiago se prestaría a otra conferencia. Me conformo con apuntar que en el trasfondo de su escrito, tan descabellado, se adivina el carácter de Marta Ferrusola, això es una dona! como dijo su propio marido al verla tirarse en paracaídas: “Mira Jordi, vale más que des la cara tú. Pasas un sofocón, pero no meten en la cárcel a ningún octogenario. Pensa en els nens”.

Es una historia muy española. Decir ‘berlanguiana’ no sería lenguaje metafórico, sino real. Contaba Ángel Fernández Santos que a mediados de los años sesenta estaba trabajando con Luis Gª Berlanga en un guión que no pudo ser por la censura. Los protagonistas eran un matrimonio de Segovia, que tenían una librería religiosa en el centro de la ciudad. La llegada del Concilio Vaticano II y el cambio que introdujo en la liturgia sorprendió a la pareja con una partida de misales en latín recién comprada.

Contaba que, atascados en ese punto, llamaron a Azcona para preguntarle por dónde seguir, a lo que el gran guionista del cine español, les dijo sin titubeos: “Muy sencillo. La mujer propone a su marido una protesta radical: que se queme a lo bonzo en lo alto del Acueducto. Los dos cruzan la plaza del Azoguejo. Ella delante, con una tea encendida. Detrás él, con dos latas de gasolina y gesto quejumbroso: “Que no puede ser, María, (vale decir Marta) que ya verás como volvemos a hacer el ridículo”.

Pero va Pujol y hace una declaración ridícula: que un gobernante, él mismo, ha defraudado a Hacienda durante todo su mandato, 23 años, y lo ha seguido haciendo después otros once. No se trata solo de un delito fiscal continuado, sino que los fondos evadidos tienen muy probablemente una procedencia ilegal: La UDEF, ¿qué coño es eso de la UDEF? y la lógica, ¿qué coño es eso de la lógica? sostienen que ese dinero no procedía de la herencia de su padre, sino de las comisiones que el Gobierno presidido por el jefe de la familia exigía a los empresarios que aspiraban a contratar con ese mismo Gobierno.

Y en éstas sale el actual gobernante de la Generalidad, Artur Mas i Gavarró, que fue, ojo al dato, conseller de Hacienda y de Obras Públicas de Pujol y dice que el latrocinio del dinero público por un gobernante no es un asunto público, sino privado y familiar. Como saben, Artur Mas también tuvo una herencia paterna de la que con toda seguridad volveremos a oír hablar.

Decía que el nacionalismo tiene un vicio de origen, que es el de confundir lo público y lo privado, error de concepto que está en el origen de toda corrupción. Y si es verdad que la corrupción es un vicio transversal, en el caso de los nacionalismos viene acompañado de un error gramatical que es la sinécdoque, ese vicio de tomar la parte por el todo que denota una cierta propensión al totalitarismo. Cada vez que un separatista dice ‘Cataluña’ o ‘los catalanes’ es (lo mismo que cuando un nacionalista vasco dice Euskadi o Euskal Herria o los vascos), está refiriéndose a un colectivo nacionalista, como si los nacionalistas no fueran una minoría en Cataluña y en el País Vasco.

Los nacionalistas siempre que se hablan de Cataluña y España se expresan como si no hubiese entre ambas entidades una relación de inclusión o pertenencia. Siempre hablan de ellas como conjuntos disjuntos e iguales, de donde viene su reclamación de la bilateralidad. Sin embargo, lo más notable es que han conseguido imponer su lenguaje y que todo el mundo se exprese en términos parecidos. Ministros de este Gobierno, por poner uno de los ejemplos menos sospechosos que se me ocurren, dicen: “Cataluña y el resto de España”. Esto es aceptable cuando se habla del territorio. Por ejemplo: ‘En Cataluña habrá tormentas, mientras en el resto de España los cielos estarán despejados’, puede decir con toda legitimidad el hombre (o la mujer) del tiempo en los telediarios.

Sin embargo, cuando no se habla de territorios, sino de sujetos políticos, la cosa cambia. Incluso esa expresión que parece dar por sentada una relación de pertenencia (Cataluña y el resto) define de manera implícita a Cataluña como un todo político homogéneo y por supuesto nacionalista, como si dentro de ese colectivo tan desaliñadamente descrito que forman los ciudadanos catalanes no hubiera una población refractaria al nacionalismo y a su vicio, ya descrito, de compartimentar la soberanía.

Este mismo lunes, la contraportada de El Mundo incluía una entrevista con José Mª Gay de Liébana. El titular, que se correspondía estrictamente con una frase textual del entrevistado, era: “Cataluña y España deben ir de la mano en lo económico”.

También había otra cosa llamativa: “Rajoy se tiene que mover un poco, aunque este chico no se sabe muy bien por dónde va, y Mas tiene que atemperarse. Busquemos puentes, coño. Les metería a los dos en un hotel y que no saliesen hasta que no hubiera un acuerdo.”

Obsérvese que el empresario es más circunspecto y respetuoso al referirse a Mas que al presidente del Gobierno, a quien de paso propina una colleja, con alusión implícita a la indeterminación del gallego, del no se sabe si sube o baja la escalera y un reparto ecuánime de la responsabilidad entre uno y otro.

No es que yo considere un sacrilegio la irreverencia hacia un presidente de Gobierno, pero hombre, Gay, ¿dónde vas a comparar? Diré que yo me sentí decepcionado por nuestro presidente, cuando un día permitió que un político menor, muy menor, entrara en su despacho con ademanes de jaque o chulo de taberna y se permitiera amenazarle, y no lo supiéramos hasta un mes después, sin que el presidente llamara al personal de seguridad para que acompañaran a aquel tipo al coche que lo había llevado hasta allí y se garantizaran que salía del complejo de la Moncloa.

Creo que la actitud del presidente del Gobierno tiene un problema. No voy a discutir algo que parece confirmado a lo largo de su biografía política: Rajoy no carece de estrategia y es un hombre que sabe manejar sus tiempos. Pero eso no lo es todo. El reto ante el que han puesto Artur Mas y el nacionalismo catalán a la democracia española es vejatorio para los ciudadanos, y también para los partidarios de ese recetario inconcreto que ha venido a llamarse ‘la tercera vía’. Cuando las cosas han llegado hasta el extremo que han llegado, la solución no puede pasar por que el autor del desafío salga tan campante del mismo y con un premio de consolación que poder mostrar a sus seguidores como un triunfo parcial a la espera de continuar el proceso.

Lo que ha hecho Mas es lo que en el juego del mus se conoce como lanzar un órdago. Como sabrán, el mus es un juego vasco y ‘órdago’ quiere decir literalmente: “ahí está”, va todo. El adversario puede aceptarlo o achantarse y permitir que el retador se lleve su ventaja, una piedra porque no. Pero es un lance definitivo en el momento de lanzarlo. No cabe plantear un órdago como hizo Artur Mas en diciembre de 2013, al comparecer junto a sus frikis para anunciar que la consulta se iba a celebrar el 9 de noviembre y cuáles iban a ser las preguntas. Mejor dicho, sí cabe, pero ya no puede decir: y ahora vamos a negociar.

Planteado el órdago, la respuesta está en manos del Estado y el Estado, por seguir con la parábola del mus, es mano y tiene la treinta y una. Está obligado a aceptarlo salvo que tenga voluntad de negarse a sí mismo en la gran definición que hizo Max Weber hace ya 95 años en la Universidad de Munich: “El Estado es aquella organización humana que reivindica para sí con éxito el monopolio jurídico de la violencia física legítima”.

A mí me gustó mucho la expresión del que fue secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba: “El que echa un pulso al Estado, pierde”. Esto debería ser así, frente a la tonta imagen del “choque de trenes” patrocinado por los partidarios de la Tercera Vía. Lástima que lo dijera refiriéndose únicamente a la huelga de los controladores aéreos, no a la sedición del representante ordinario del Estado en una Comunidad Autónoma. Una cosa es que un obstáculo menor en la vía pueda hacer descarrilar todo un tren. Pero, ¿dos trenes?¿un tren Artur Mas?

No es que quienes suscribimos el manifiesto de Libres e Iguales estemos en contra de que los ciudadanos catalanes voten, como lo hacen en las elecciones municipales, autonómicas, legislativas y europeas. Lo que no queremos es que voten exclusivamente lo que afecta a todos los ciudadanos españoles. Por ejemplo, por decirlo simplemente, la alteración de las fronteras de España. Si se va a votar eso, exigimos que se haga por el procedimiento que la Ley prevé para su modificación, mediante la mayoría cualificada de 3/5 en el Congreso de los Diputados, su refrendo por idéntica mayoría en el Senado y el sometimiento a referéndum entre todos los ciudadanos españoles.

También creo que las leyes están para cumplirse y me van a permitir que llegados a este punto señale un artículo de la Constitución que al parecer es claramente superfluo. Se trata del 155. Cada vez que alguien lo ha citado se ha producido una respuesta airada del nacionalismo: “quieren meter los tanques en Barcelona”. El artículo 155, en realidad, solo dice que:

“Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución y otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general”.

Parece, sin embargo, que la interpretación separatista ha ido calando también entre los españoles y apenas nadie se atreve a considerar la posibilidad real de que se aplique en España. Esto es algo derivado del hecho de que los nacionalistas son hegemónicos intelectual y políticamente en la España de hoy. Hasta en el lenguaje o empezando por el lenguaje. ¿Qué se entiende hoy por reaccionario y progresista en España? Pues lo que entienden los nacionalistas, un colectivo que se sustenta en las ideas más reaccionarias del panorama político español. Partidarios del antiguo régimen, es decir, de la monarquía preconstitucional y preparlamentaria y de establecer el tan añorado Pacto con la Corona. Esto era algo que reclamaba el senador Anasagasti. Hoy, paradojas de la historia, la concreción del pacto de los vascos con la Corona se llama Iñaki Urdangarin, hijo de una de las mejores familias del partido en Alava.

Un ciudadano que mantenga una actitud enérgica frente al terrorismo (opine, por ejemplo, que los terroristas presos deben cumplir sus condenas) y que se manifieste partidario de la unidad de España será un consumado reaccionario o, por mejor decir, un facha. No sólo para los nacionalistas. También para la izquierda española.

Y ya que tanto se apela a la política comparada en relación con el Reino Unido: Escocia, antes Irlanda del Norte, convendría recordar que Tony Blair suspendió la autonomía del Ulster en cuatro ocasiones: la última de ellas duró cuatro años, seis meses y 24 días. Y no pasó nada. Y si resulta que esa sería una medida inaplicable a las circunstancias españolas, he aquí una reforma deseable de la Constitución: la eliminación de artículos inaplicables.

Una pregunta que hacen todos los nacionalistas: ¿por qué no a la consulta, si tan seguros estáis de ser mayoría? ¿Qué de malo hay en ello? ¿Preguntar es ofender? se trata de que sí, de que la misma pregunta ofende por comprender una idea viciosa saber: que la soberanía de una parte de España es una cuestión que afecta exclusivamente a quienes viven en ella y no al conjunto de los españoles, tal como se define con claridad meridiana en la Constitución española.

Los voluntarios de la tercera vía preconizan una ley de la Claridad, como la que elaboró para el caso de Quebec el entonces ministro de Relaciones Intergubernamentales de Canadá, Stéphane Dion. Contaré una anécdota personal al respecto. Creo que la primera conferencia que pronunció en España fue en Bilbao, patrocinada por la Fundación para la Libertad que preside Nicolás Redondo y de la cual soy patrono. A mí me correspondió el honor de presentarle en aquella ocasión, el 25 de noviembre de 2003.

Por la mañana, estuvo visitando a los responsables políticos en sus sedes. Sólo mostraron interés por recibirle el PP, partido que en aquellas fechas gobernaba España y el PSOE. No los partidos nacionalistas. Durante el almuerzo, al que asistió el embajador canadiense en Madrid, se le hizo la pregunta: “Por qué la ley de la Claridad”. Nunca olvidaré su respuesta: Porque Canadá no tiene una Constitución como la española, que deja esta cuestión aclarada en sus artículos 1 y 2.

 

 

 

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Hoy, en el Gran Hotel del Sella, Ribadesella, gran velada

Cayetana presenta

El titular lo dice todo. Esta tarde,en Ribadesella, a las 19:00 horas, en el Gran Hotel del Sella, tendrá lugar la presentación del Manifiesto Libres e Iguales. La entrada es libre. Intervendrán:

Cayetana Alvarez de Toledo

Santiago González

Fray Josepho nos regaló en Libertad Digital estos versos sobre el Manifiesto Libres e Iguales.

Supongo que todos los lectores de Libertad Digital conocen el Manifiesto de los Libres e Iguales. Yo ya lo he firmado, ¿y ustedes?

Para conservar aquello
que nos mantiene ligados.
Para no quedar callados
frente a cualquier atropello.
Para no doblar el cuello
ante embustes colosales…
¡Libres e Iguales!

Para rechazar los cuentos
de una historia que no fue.
Para no perder la fe
de los puros argumentos.
Para refutar inventos
y delirios medievales…
¡Libres e Iguales!

Para defender el hecho
de que somos españoles.
Para escapar de pujoles
y otros ases del cohecho.
Para guardar, por derecho,
nuestras normas esenciales…
¡Libres e Iguales!

Para hablar, porque el mutismo
hace que nos pisoteen.
Para que no nos chuleen
en aras del buenrollismo.
Para escapar del cinismo
de pasteleros neutrales
¡Libres e Iguales!

Para llamar justamente
a las cosas por su nombre.
Para que nadie se asombre
por desmentir al que miente.
Para que a nadie le tiente
dar favores especiales…
¡Libres e Iguales!

Para sofocar hogueras
de victimismos ficticios.
Para zanjar beneficios
que laten tras las banderas.
Para que trolas groseras
no cuelen como reales…
¡Libres e Iguales!

Para que la libertad
no encalle en el desvarío.
Para deshacer el lío
con la ley y la verdad.
Para atajar la ruindad
de procesos demenciales…
¡Libres e Iguales!

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Libres e Iguales, hoy en Santander

Hoy, 13 de agosto, en el Ateneo de Santander, a las 20:00 horas:

Presentación del manifiesto ‘Libres e Iguales’. Intervendrán:

Cayetana Álvarez de Toledo

Jesús Laínz

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Ha muerto Lauren Bacall

Tenía 89 años a la hora del derrame fatal y ha sido, en mi opinión, una de las mujeres más hermosas de la historia del cine. Howard Hawks era un  hombre sensible donde los hubiera a la belleza de las mujeres. En cierta ocasión conoció a una chica muy guapa e introdujo una secuencia nueva en el guión de ‘El sueño eterno’ para meter en la película a la muchacha. le dio un papel de librera con gafas; se llamaba Dorothy Malone. Un par de años antes, había visto a Lauren Bacall, una adolescente de 17 años, en la portada de la revista Harper’s Bazaar y le ofreció el papel protagonista de la película que iba a rodar sobre una novelita menor de Ernest Hemingway, ‘Tener y no tener’.

La película fue mucho mejor que la novela, pero había en el texto algo que hizo destacar a Lauren Bacall. La Flaca, su personaje, era una heroína heminguayana, capaz de tratar de tú a tú a los hombres en una época en la que aún no había conocido el mundo a nuestra ministra de Igualdad, Bibiana Aído. La jovencísima Bacall dio un réplica admirable a Humphrey Bogart y a éste no le quedó más remedio que enamorarse de ella, a ver quién no. Sólo se le podría comparar Ava Gardner, por el papel que interpreta en otra novela de Hemingway, Mogambo, que dirigió John Ford.

La primera frase que la novata debía pronunciar era: “¿Alguien tiene una cerilla?” Bogart la visitó en su habitación para darle una caja entera. Ella, que temblaba de los mismos nervios, hizo frente a la escena pegando el mentón al pecho para mantener quieta la cabeza y mirando a su oponente de abajo a  arriba, en un plano extraordinario. Después vino la secuencia más famosa de ‘Tener y no tener’ es la de la visita a la habitación de Bogart: “si me necesitas, no tienes más que silbar. Sabes cómo se hace, ¿no Steve? Sólo tienes que juntar los labios y soplar”.

Después se casaron. Él le regaló un silbato de oro y ella recordó años después que Bogart era un sentimental: “Mi marido lloraba en todas sus bodas. Y con razón”. Que la tierra te sea leve, Betty Bacall y que te acompañe nuestra gratitud por los grandes ratos que nos regalaste. No tanto como a Bogart y a Sinatra, pero no se puede tener (y no tener) todo y el tiempo nos ha hecho de buen conformar.

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Películas francamente sobrevaloradas (5)

au service secret de sa majestŽ

Este no es mi James (traición de género).

Por Parmenio.

“Tenemos que hablar de películas a las que el espectador ha acudido esperando ver algo bueno. O, esta es la otra cara de la moneda, que el director ha hecho con su mejor intención (y frecuentemente con bastante soberbia) pretendiendo conseguir algo notable.”

Así decía el anuncio colgado en el tablón de la Argos e inmediatamente recordé el dolor de la traición. Sí, traición. Porque solo con ese término puedo explicar lo que sentí en la oscuridad del salón de mi casa, rodeado de cervezas y boles de palomitas a medio engullir, ante lo que había visto. No lo podía creer. Lo habían hecho. ¿Por qué? Me preguntaba una y otra vez. ¿Por qué? Sigo sin tener respuesta.

Adoro que las cosas tengan género, simplifica mi proceso de elección. Me gustan las señoras, las pelis “de guerra”, los “musicales”, las “de espías”, las “españoladas” (sobre todo con Mary Santpere o Gracita Morales) y las de “suspense”. Odio las de “miedo/asco”, las de “gafapasta”, las de “género francés” y las “de la Guerra Civil” (aportación nacional al cine de género: ganan los que pierden y el malo es el cura). El cine de género se define por unas reglas básicas propias, reglas que nunca se deben transgredir. Eso no significa rigidez sino orden. Para entendernos, se puede hacer una de “vaqueros”, subgénero “duelo de pistoleros” en Stalingrado con el enemigo a las puertas o se puede hacer una de “suspense” en el espacio con un alien al que no ves dando muchos sustos siempre que mantengas, en la nueva localización, las reglas básicas del género en cuestión.

Me apasionan las de Bond. Bond, el Bond de Ian Fleming pasado por Eon, es un género en sí. Un género que se define por su violencia light, por una primera escena que te deja sin habla seguida de “LOS” títulos de crédito, por un protagonista que mata malos, salta de señorita crujiente en señorita crujiente, pasa de sus jefes, no se mancha, conduce a todo trapo, bebe, juega y salva al mundo entre paisajes de postal, pobres sonrientes y diálogos afilados. Siempre. Cine de género. Gran cine. Pues tuvieron que hacer 007 al servicio secreto de su Majestad (1969).

Conste que lo tenían difícil. Hacer la secuela de una película de éxito es complicado. Hacer la sexta película de una serie de enorme éxito creciente lo es mucho más. Hacerlo cuando el protagonista, que ha conseguido fundirse con el personaje, decide abandonar para no encasillarse es trabajo de Hércules. Pues Saltzman y Broccoli, los productores y padres de la criatura, se pusieron a ello: la dirección para Peter R. Hunt, que había editado las cinco anteriores; para el guión que vuelva Richard Maibaum (solo ausente en la quinta, que la escribió Roald Dahl) con algo de ayuda en los diálogos de Simon Raven; nos dejamos de Ciencia Ficción, cohetes y chorradas y volvemos a dar importancia a la historia y humanizamos al personaje; para churri coprotagonista la guapísima vengadora Diana Rigg; y para encarnar a Bond, George Lazenby, un mozo australiano guapote y con hoyuelo en la barbilla, que se lleva mucho. A rodar.

Lo que les salió, de no ser por la infamia, podría ser una de las mejores películas Bond de la historia. A pesar de una primera escena donde, efectivamente, nos quitan el habla pero lo hacen por la interpretación dadaísta del mito de Alfonsina Storni mezclado con Cenicienta; a pesar del Rolls Corniche con mecánico; a pesar del mini albornoz a cuadros; a pesar de escenas de curling y de forçados (sí, forçados, esa peste portuguesa); a pesar de unas escenas de amor con fondo de Louis Armstrong con azúcar suficiente para cubrir las necesidades de Haribo durante décadas. Pues, a pesar de todo, la película iba para muy buena. El mocetón australiano no lo hace mal y rompe con el maleficio de Connery en la primera escena al exclamar: “esto nunca le pasaba al otro”, cuando se le escapa viva una señorita . El nivel de pibones es insuperable. Como estamos en el momento en que los swinging sixties se cruzan con Mayo del 68 no es que no haya corrección política, es que aquello es un desparrame: Bond, enamorado y todo, va de cama en cama; le azota el culo a Moneypenny que vuelve a referirse al cambio de protagonista con un: “ahora peor que antes”; le sacude un bofetón al pibón principal; lee el Play Boy (y se lleva el poster); le meten mano bajo la falda cuando se viste de escocés de gala. Es una pasada. Y la música de John Barry es buenísima; y los exteriores y decorados, excelentes (el Cuartel General del malo inspirará el tercer nivel de sueño en Origen de Nolan). El antagonista, el glorioso Telly Savalas, da la talla de malo malísimo (hasta fuma como los malos) y hace crecer la historia (en paralelo al preocupante crecimiento de las chorreras de las camisas de Bond) entre persecuciones de esquí. La película llega a su climax con la referencia bíblica de la muerte de Absalón y entonces, ay, llega la boda portuguesa.

Yo no sé, con certeza, qué es una boda portuguesa. Lo que tengo clarísimo es que creí morir… y que “eso” no era una peli de Bond. ¿Bond en el altar? ¿Pero qué pasa aquí? No se me ocurre mayor transgresión de una regla básica de cine de género. Toda la película, una buena película, al carajo. ¿Es que hay que decirlo todo? Para que quede claro: ni en las películas de Bond ni en el cine Porno se casan los protagonistas. ¿Vale?

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Libres e Iguales en el Cantábrico

Libres e Iguales c

13 de agosto, a las 20:00 horas, en el Ateneo de Santander.

Jesús Láinz y Cayetana Alvarez de Toledo.

 

14 de agosto, a las 19:00 horas, en el Gran Hotel del Sella. Ribadesella.

Santiago González y Cayetana Álvarez de Toledo.

La entrada a ambos actos es libre.

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